Por unos días necesito estar con la máxima concentración. Sé que me será inevitable curiosear y dejarme ver, por mi natural presumido, pero serán las menos de las veces.
Gracias y no me olvidaré de nadie.
lunes, 12 de julio de 2010
domingo, 4 de julio de 2010
Balas de carmín. De Alfredo García Francés.
Agradezco a Dña AuroraInes el premio a todas luces inmerecido para mí y que comparte conmigo.
Acabo de leer la novela Balas de carmín de Alfredo García Francés, por quién he sentido curiosidad desde que leí el que fue para mí su primer post, directo, brutalmente cierto e irónicamente sincero.
El primer capítulo te deja amarrado a la narración irremediablemente. Necesitas saber, necesitas respuestas y quieres conocer más profundamente a Melania Bejarano, Lany.
¿Por qué, de una manera fría, como si desde siempre hubiera sentido la necesidad de hacerlo, apunta a la cabeza de su padre, en presencia de sus captores de las Farc, pide su bendición y dispara? ¿Porqué el lector advierte una sensación de alivio en Lany al dejar el arma?
Balas de Carmín, la sinopsis lo deja muy claro, es una novela de amor y odio, de resentimientos adquiridos en la infancia que el autor sabe plasmar de manera tal que a veces pudiera pensarse que es él mismo quien dispara.
Las circunstancias han hecho de Lany una mujer fría y calculadora, independiente aún en las peores circunstancias de su secuestro. Esa frialdad le valdrá para perfeccionar su “profesión” de la que se servirá para limpiar su pasado y vivir su vida venidera de la manera que ella elija. Lany siempre elige. Incluso con quién y cuándo quiere perder su virginidad. Y a pesar del odio, no olvida a los que en los años duros de secuestro se han olvidado de ella.
Posiblemente, Lany es universitaria, haya leído a Dostoievski y haya comprendido la conducta de Raskolnikov, el personaje que empieza matando para hacer luego el bien. Me inclino a creer que va cumpliendo con “los encargos” por responsabilidad profesional y por amor a su hermano Edgar, uno de los jefes del narcotráfico.
Balas de carmín, es un paseo por el proceloso mundo de los secuestros, de los asesinatos por encargo, del narcotráfico, pero con una visión cercana, como de primera mano que hace pensar que el autor o ha estado en las montañas con los secuestradores o ha dispuesto de información privilegiada.
Con un lenguaje sincero, directo, lleno de localismos que le dan un aire veraz , en Balas de Carmín el sexo salpica las hojas de la novela llevado de la mano del amor unas veces o simplemente del deseo carnal.
Pero no nos engañemos, es una novela, un trhiller en donde la acción es trepidante y narrada en leguaje claro y directo que te atrapa hasta la palabra final.
Un placer haber tenido la oportunidad de poder leerla y con ella conocer más en profundidad a su autor.
http://garciafrances.blogspot.com/
Orense a tantos de tantos.
Acabo de leer la novela Balas de carmín de Alfredo García Francés, por quién he sentido curiosidad desde que leí el que fue para mí su primer post, directo, brutalmente cierto e irónicamente sincero.
El primer capítulo te deja amarrado a la narración irremediablemente. Necesitas saber, necesitas respuestas y quieres conocer más profundamente a Melania Bejarano, Lany.
¿Por qué, de una manera fría, como si desde siempre hubiera sentido la necesidad de hacerlo, apunta a la cabeza de su padre, en presencia de sus captores de las Farc, pide su bendición y dispara? ¿Porqué el lector advierte una sensación de alivio en Lany al dejar el arma?
Balas de Carmín, la sinopsis lo deja muy claro, es una novela de amor y odio, de resentimientos adquiridos en la infancia que el autor sabe plasmar de manera tal que a veces pudiera pensarse que es él mismo quien dispara.
Las circunstancias han hecho de Lany una mujer fría y calculadora, independiente aún en las peores circunstancias de su secuestro. Esa frialdad le valdrá para perfeccionar su “profesión” de la que se servirá para limpiar su pasado y vivir su vida venidera de la manera que ella elija. Lany siempre elige. Incluso con quién y cuándo quiere perder su virginidad. Y a pesar del odio, no olvida a los que en los años duros de secuestro se han olvidado de ella.
Posiblemente, Lany es universitaria, haya leído a Dostoievski y haya comprendido la conducta de Raskolnikov, el personaje que empieza matando para hacer luego el bien. Me inclino a creer que va cumpliendo con “los encargos” por responsabilidad profesional y por amor a su hermano Edgar, uno de los jefes del narcotráfico.
Balas de carmín, es un paseo por el proceloso mundo de los secuestros, de los asesinatos por encargo, del narcotráfico, pero con una visión cercana, como de primera mano que hace pensar que el autor o ha estado en las montañas con los secuestradores o ha dispuesto de información privilegiada.
Con un lenguaje sincero, directo, lleno de localismos que le dan un aire veraz , en Balas de Carmín el sexo salpica las hojas de la novela llevado de la mano del amor unas veces o simplemente del deseo carnal.
Pero no nos engañemos, es una novela, un trhiller en donde la acción es trepidante y narrada en leguaje claro y directo que te atrapa hasta la palabra final.
Un placer haber tenido la oportunidad de poder leerla y con ella conocer más en profundidad a su autor.
http://garciafrances.blogspot.com/
Orense a tantos de tantos.
jueves, 24 de junio de 2010
Bajo la rueda.
Mi amigo es una persona optimista, vitalista diría yo, que aún ve la vida desde los ojos de un niño y que absorbe cuanto puede con la misma ilusión de los quince años. Acude a clases de cocina, a bailes de salón, asiste a cuantos eventos se producen en su pequeña ciudad y sorbe con fruición las delicias del mundo. Incluso se ha agenciado un blog. Le gusta viajar, que no pacer como oveja encarrilada por los santuarios del mundo. Cómodamente, despacio, charlando con la gente, haciéndose entender ya sea por señas.
Es deportista, aunque hace tiempo que ejerce menos. La edad no es buena consejera.
Además de todo eso, mi amigo es un padrazo. Ni un solo día dejó de llevar a sus niños a clases, a actividades extraescolares, acompañándoles en todos sus desplazamientos cuando así lo r equería la competición. Cada fin de semana madrugaba para contemplar sus entrenamientos cuando no era él mismo quien los dirigía.
Noto a mi amigo triste de un tiempo a esta parte. Hace unos días, con la ayuda de un excelente Carraovejas, me confesaba sus temores. Tenía dos hijos que siempre habían conseguido brillar, ya sea en sus estudios, ya en su vida deportiva y social. Siempre habían sido pioneros en todo y habían acabado brillantemente sus carreras.
Pero mi amigo, cada vez más a menudo, se acordaba de Herman Hesse, cuando describía en su libro las peripecias del seminarista que mientras prometía ascender en la sociedad, era alentado, animado y apoyado por todo el pueblo, para abandonarlo a su suerte cuando las expectativas se difuminaron.
Con los ojos brillando, a punto de desbordarse la presa, me comentaba que cuatro años después de acabados los estudios su hijo mayor, con matrícula de honor mediante, veía como otros menos preparados que él iban ocupando puestos en la sociedad, por méritos unos, por amistad otros, mientras él, su hijo, su vida, aquel que jamás le había dado un disgusto, se dedicaba nueve horas al día ininterrumpidamente desde hacía cuatro años, a memorizar leyes y artículos para merecer un día ser admitido en la sociedad. Ahora, acordándose de Herman Hesse, comenzaba a dudar de si no estaría entrando Bajo la rueda. Y eso le descorazonaba. Le descorazonaba que todos aquellos que alentaban y jaleaban, como en la novela, ahora le vuelvan la espalda. Estado, Xunta, amigos, profesores; me confesó que a veces se arrepentía de haber sido tan independiente. Podría haber adulado, servido, servirse, y no lo hizo.
Mi amigo, ya con lágrimas en los ojos, se juramentó para que eso no ocurriese, su hijo no caería bajo la rueda. Pero la duda ya se había instalado en su alma.
Es deportista, aunque hace tiempo que ejerce menos. La edad no es buena consejera.
Además de todo eso, mi amigo es un padrazo. Ni un solo día dejó de llevar a sus niños a clases, a actividades extraescolares, acompañándoles en todos sus desplazamientos cuando así lo r equería la competición. Cada fin de semana madrugaba para contemplar sus entrenamientos cuando no era él mismo quien los dirigía.
Noto a mi amigo triste de un tiempo a esta parte. Hace unos días, con la ayuda de un excelente Carraovejas, me confesaba sus temores. Tenía dos hijos que siempre habían conseguido brillar, ya sea en sus estudios, ya en su vida deportiva y social. Siempre habían sido pioneros en todo y habían acabado brillantemente sus carreras.
Pero mi amigo, cada vez más a menudo, se acordaba de Herman Hesse, cuando describía en su libro las peripecias del seminarista que mientras prometía ascender en la sociedad, era alentado, animado y apoyado por todo el pueblo, para abandonarlo a su suerte cuando las expectativas se difuminaron.
Con los ojos brillando, a punto de desbordarse la presa, me comentaba que cuatro años después de acabados los estudios su hijo mayor, con matrícula de honor mediante, veía como otros menos preparados que él iban ocupando puestos en la sociedad, por méritos unos, por amistad otros, mientras él, su hijo, su vida, aquel que jamás le había dado un disgusto, se dedicaba nueve horas al día ininterrumpidamente desde hacía cuatro años, a memorizar leyes y artículos para merecer un día ser admitido en la sociedad. Ahora, acordándose de Herman Hesse, comenzaba a dudar de si no estaría entrando Bajo la rueda. Y eso le descorazonaba. Le descorazonaba que todos aquellos que alentaban y jaleaban, como en la novela, ahora le vuelvan la espalda. Estado, Xunta, amigos, profesores; me confesó que a veces se arrepentía de haber sido tan independiente. Podría haber adulado, servido, servirse, y no lo hizo.
Mi amigo, ya con lágrimas en los ojos, se juramentó para que eso no ocurriese, su hijo no caería bajo la rueda. Pero la duda ya se había instalado en su alma.
martes, 15 de junio de 2010
Las hay de todos los tamaños.
Las hay en celosía.
Las hay desteñidas
Las hay gemelas
Las hay desvencijadas
Las hay esquizofrénicas
Las hay verdes
Las hay abandonadas
Las hay escoltadas
Las hay ventiladas
Las hay anchurosas
Y anchurosas con estrambote
Tripticas
Catedralicias
Las hay vigiladas
Las hay ofensivas
Las hay protegidas
Las hay transparentes
Las hay del siglo XIII, importantes y abiertas
Las hay minúsculas
Y no las hay.
Todas estas puertas y más que no he podido fotografiar son el resultado de un paseo de apenas doscientos metros. Prometo volver con mejor calidad, ya que están obtenidas con el móvil y en condiciones pésimas de luz. Algunas de ellas posiblemente ya no existan cuando lo intente de nuevo.
Orense a tantos de tantos.
domingo, 13 de junio de 2010
Fin de Semana.
Generosa playa la de La Lanzada que acoge a todo tipo de seres.
Aproveché para practicar un poco la fotografía, intentando adivinar todos los secretos del aparato, lo que no he podido conseguir. A la vista queda.
Ha sido el último fin de semana antes de SUMERGIRME de lleno en la mina. Hay mucho carbón por sacar, aunque no sé si el precio será el adecuado.
Juan Salvador
Enseguida sabréis el porqué de tanta algarabía
A la derecha un monstruoso congrio de un metro y treinta centímetros que acababan de pescar estos amigos.
Os dejo en paz por unos días, como mucho unas semanas.
miércoles, 2 de junio de 2010
Rosita
Por obligaciones contractuales y casi chantajistas de algunas de mis lectoras y ante el temor de perderlas, me veo obligado a claudicar retornando a mis orígenes.
Si quieres entender algo, te remito al final.
Tercer mes. La cita(Y tres)
La distancia entre el río y la casa consistorial era de apenas 500 metros que hice corriendo como si me fuera en ello la vida, ante lo avanzado de la hora. No me preocupaban las posibles reprimendas de D. Benigno, toda mi preocupación consistía en soportar la mirada de Rosita; esos ojos inquisidores, burlones, de niña de ciudad que, ahora lo sé, jugaba con el niño de pueblo.
Al llegar a la altura del cementerio me paré y tomé un respiro. El sol caía a plomo derritiendo la pez de la recién asfaltada carretera y me cobijé a la sombra de una cruz. Me fijé en la inscripción de la tumba y no pude por menos que sonreir; en ella rezaba:
A la memoria de xxx, de tu esposa que no te olvida.
La susodicha esposa había tardado apenas dos meses en amancebarse con Trinitario, su vecino, que a su vez había convivido siempre con su hermano Edelmiro. En aquel momento aún no contemplaba todas las excitantes posibilidades de aquel ayuntamiento.
Una vez recuperado el aliento, hice de piernas corazón y temblando de ambos me presenté en la puerta de la casa consistorial. Tiré de la cuerda que hacía tañer la campanilla en el interior del corredor y casi al instante sentí unos pasos a la carrera que me parecieron los de Rosita. Se entreabrió la puerta y apareció ella, con la cara angelical pero algo seria.
- Mi tío está enfadadísimo, le dije que habías ido a buscar sal a la tienda del tío José, dile que no había!!
Uff, mal íbamos comenzando nuestras “relaciones” con mentiras.
De todos modos, para mí que D. Benigno no se creyó lo de la sal y ni siquiera preguntó. Pasó directamente al sermón: “ Tenías que haber pelado las patatas y tenías que haber ido al huerto a buscar tomates. Vete a la cocina y ayuda a mi hermana, en cuanto acabemos de comer hablaremos. Creo que lo mejor que se puede hacer contigo es meterte interno!”
Ya salió la maldición bíblica…interno! No sé qué queréis que os diga, pero no me preocupó demasiado el asunto.
Enseguida pensé en cómo me las arreglaría para acudir a mi cita con Rosita. En eso ella me echaría una mano a buen seguro.
Ayudé a la hermana del cura en lo que me pidió y al acabar insistió en que pusiera la mesa ofreciéndose a ayudarme la sobrina del cura. Yo transportaba los platos y ella los recibía y los colocaba en la mesa. Cada vez que se los entregaba, ella procuraba que sus manos rozasen las mías mientras sonreía. En una ocasión me recordó lo que había dejado escrito: que me esperaba en la biblioteca al acabar de comer, cuando su tío cayese dormido.
- Y si despierta? Después del escándalo de las campanadas el día anterior, no sé cómo reaccionará.
- No te preocupes, no despertará tan pronto.
No sabía lo que tenía preparado aquel angelical lucifer, pero me había demostrado que podía conseguir lo que quisiera.
Antes de la comida, mi misión era ir a la bodega con la jarra de barro y llenarla de vino directamente del tonel. En esa ocasión quiso acompañarme Rosita y pronto adiviné sus intenciones.
Había dos toneles, separados por unas piedras. Uno mayor, con vino de la cosecha del atrio, unas cepas viejas de varias clases de uvas, que se vendimiaban a finales de septiembre, no siempre en su mejor grado de maduración por miedo a las lluvias, frecuentes en estos pagos. Otro más pequeño, producto de uvas seleccionadas de las mejores fincas del cura y secadas al aire y a la sombra durante meses para posteriormente ser prensadas sin apenas agua y con un alto grado de azúcar, lo que se convertiría en mayor grado de alcohol y que el cura usaba para obtener la sangre de Cristo.
Convencido por Rosita, mezclamos los vinos con la intención de que no se notara demasiado el dulce, obteniendo así un caldo de mucha más graduación que permitiese al buen abad dormir por más tiempo. Os dije que esta chica era el mismo demonio?
Os lo dije, pero a pesar de todo era excitante acompañarla al infierno.
Subimos y nos dispusimos a comer. Rosita se mostraba más solícita que de costumbre sirviendo vino a D. Benigno, que tentado por el ángel no retiraba el vaso, trasegándolo casi al mismo tiempo que le era servido. Siempre he creído que los curas encuentran el placer carnal que le es negado, en la gula. A los que se les niega. Más tarde he podido comprobar por mí mismo que no todos encuentran la misma devoción en el sexto mandamiento.
La comida transcurrió sin más novedades que los consejos rutinarios de D. Benigno con respecto a las costumbres de sorber el caldo y de mojar el pan centeno en el mismo.
Su hermana, siempre callada, siempre dócil, sonreía.
Después de cerciorarse de que el cura había acabado con el vino de la jarra, Rosita pidió permiso para retirarse disculpándose con la siesta, costumbre que en aquella casa era ley.
Yo me levanté y me dirigí a la despensa en donde se guardaban las manzanas en paja para que el cura y su hermana pudiesen tomar el postre. Por la espalda noté los dedos de Rosita que me hacían cosquillas, al tiempo que salía corriendo hacia la biblioteca. Me contuve. Pero en cuanto la hermana recogía la mesa y el cura cayó de espaldas en el sofá sigilosamente me dirigí pasillo arriba. A la biblioteca.
Ya os dije que aquella chiquilla era una intelectual y le gustaba leer.
A veces le componía poesías.Aún me acuerdo de aquella y del tiempo que tardé en encontrar la piña que rimase con la niña:
Niña.
Que de la costa vienes
Morena eres
como una piña
Niña,
Como una piña tus dientes
Blancos
Que me fascinan
No estaba muy mal, el romanticismo me llevaba a pensar en los dientes. ¿Y os habéis dado cuenta del bonito juego de palabras, piña,dientes? Jodido pardillo.
Para mi sorpresa, la biblioteca estaba vacía. Observé detenidamente aquel montón de estanterías, de madera avejentada por los años y sin apenas cuidar, llena de libros, deshojados algunos, que eran protegidos únicamente por una tela metálica como si fueran gallinas. Solamente había estado en ella un par de veces y una vez a solas. Los títulos de los libros no me sonaban ni por asomo. La mayor parte de ellos en latín. Pero en ese momento los libros eran lo de menos. Buscaba cualquier indicio que me llevara a Rosita.
Estaba a punto de buscar en otra habitación cuando oí un ligero chirrido que provenía del mueble de la biblioteca. Pero en la biblioteca no había ninguna puerta. Era unos tablones desde el suelo al techo y unas tablas atravesadas que hacían de soporte de los libros y una hornacina a cada lado del tamaño de un santo de pie.
Al fijarme bien, descubrí una rendija entre el listón que bajaba al suelo y la pared; metí la mano empujando la hornacina…y allí estaba Rosita, en un hueco de apenas un metro y medio de alto por uno de ancho, mirándome con esa sonrisa picarona, con un vestido de tirantes y peto en el pecho. La falda, ligera, le tapaba las rodillas. Me indicó que entrase, pero apenas cabía un adulto. Más tarde me enteré que en ese espacio el anterior cura D. Jesús, escondía a los republicanos en peligro de ser llevados a dar el “paseillo”. Entré, nuestros cuerpos quedaron pegados, las rodillas chocaban y nos estorbaban, por lo que ella, moviéndose lentamente se dio la vuelta y me dejó a su espada. Mi nariz aspiraba el perfume de su cabello, a jabón La Toja y algo en mi interior creció con tal fuerza que aquello que crecía en mi interior empujó de tal manera que algo creció en mi exterior. Y aquello que creció en mi exterior fue a dar justo a donde tenía que dar, a sus nalgas cubiertas con el vestidito. Rosita había dejado de reir nerviosamente, ahora respiraba sonoramente y sus manos buscaban las mías; apenas podía moverme. Me dejé hacer. Acercó sus manos llenas de las mías a sus pechos y las colocó allí. Aquella tibieza hizo que el espacio se hiciese más reducido porque mi cuerpo se hacía cada vez más grande. O una parte de él. Me dolía. Rosita echaba la cabeza hacia atrás, buscándome. Yo mientras tanto había perdido la noción del tiempo y también del lugar. Me encontré con mi boca en su cuello. Torció un poco más el suyo hasta hacer su boca visible y me invitó con los labios entreabiertos. Era mi primer beso, un beso como no creía poder llegar a saborear, húmedo, cálido, profundo. Siempre pensé que besar era apretar labio contra labio. Rosita se encargó de sacarme de mi error.
En aquella difícil postura, mis manos en sus pechos, su cabeza vuelta, su boca absorbiendo mi boca y su lengua jugueteando con la mía, noté que sus piernas le flaqueaban y se fue bajando acompañándola yo en su movimiento hasta quedar en cuclillas. Pasando su mano derecha por entre sus piernas tomó mi miembro ante mi sorpresa y lo colocó entre sus nalgas, rozándose con él. Me atreví a sacar mi mano de sus pechos y me las apañe para apartar ligeramente las braguitas y sentir el calor y la humedad de su cuerpo. Rosita cerró ligeramente las piernas impidiéndome cualquier movimiento, por lo que retorné a sus pechos. No obstante, en recompensa seguía frotándose y frotándome, notando el calor que imaginé de las puertas del infierno. Aprendí en ese momento que en el cielo también hace calor. La mano de Rosita continuaba acariciándose utilizándome para ello. De pronto aceleró los movimientos de su mano contra aquello que había credido en mí que a su vez estaba situado en una especie de oquedad que hacían sus braguitas y me asusté de sus grititos que pronto dejé de oir porque aquello que había crecido en mí fue decreciendo a medida que aumentaban los grititos de Rosita. Me miró con ternura haciendo un esfuerzo por lo difícil de la posición y me prometió que otro día se quitaría las braguitas. Os juro que no supe qué decirle, me hubiera dado lo mismo que me pidiese hacerme el harakiri o el kikiriquí, aún estaba pensando qué había pasado y qué demonios había hecho.
Por su sonrisa adiviné que había ocurrido exactamente lo que ella quiso que ocurriese y dejé de sentirme culpable, aunque sí un tanto pardillo.
Podía decirse que seguía virgen, pero algo había aprendido.
Y quedaban quince días para su partida.
Y me acordé de aquellos versos que un día compuse para ella.
Niña…..
Orense a tantos de tantos.
Seguro que también le interesa:
http://nuncaestardesilachicallega.blogspot.com/2009/11/breve-resumen-de-lo-publicado.html
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Tercer mes. La cita(Y tres)
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Al llegar a la altura del cementerio me paré y tomé un respiro. El sol caía a plomo derritiendo la pez de la recién asfaltada carretera y me cobijé a la sombra de una cruz. Me fijé en la inscripción de la tumba y no pude por menos que sonreir; en ella rezaba:
A la memoria de xxx, de tu esposa que no te olvida.
La susodicha esposa había tardado apenas dos meses en amancebarse con Trinitario, su vecino, que a su vez había convivido siempre con su hermano Edelmiro. En aquel momento aún no contemplaba todas las excitantes posibilidades de aquel ayuntamiento.
Una vez recuperado el aliento, hice de piernas corazón y temblando de ambos me presenté en la puerta de la casa consistorial. Tiré de la cuerda que hacía tañer la campanilla en el interior del corredor y casi al instante sentí unos pasos a la carrera que me parecieron los de Rosita. Se entreabrió la puerta y apareció ella, con la cara angelical pero algo seria.
- Mi tío está enfadadísimo, le dije que habías ido a buscar sal a la tienda del tío José, dile que no había!!
Uff, mal íbamos comenzando nuestras “relaciones” con mentiras.
De todos modos, para mí que D. Benigno no se creyó lo de la sal y ni siquiera preguntó. Pasó directamente al sermón: “ Tenías que haber pelado las patatas y tenías que haber ido al huerto a buscar tomates. Vete a la cocina y ayuda a mi hermana, en cuanto acabemos de comer hablaremos. Creo que lo mejor que se puede hacer contigo es meterte interno!”
Ya salió la maldición bíblica…interno! No sé qué queréis que os diga, pero no me preocupó demasiado el asunto.
Enseguida pensé en cómo me las arreglaría para acudir a mi cita con Rosita. En eso ella me echaría una mano a buen seguro.
Ayudé a la hermana del cura en lo que me pidió y al acabar insistió en que pusiera la mesa ofreciéndose a ayudarme la sobrina del cura. Yo transportaba los platos y ella los recibía y los colocaba en la mesa. Cada vez que se los entregaba, ella procuraba que sus manos rozasen las mías mientras sonreía. En una ocasión me recordó lo que había dejado escrito: que me esperaba en la biblioteca al acabar de comer, cuando su tío cayese dormido.
- Y si despierta? Después del escándalo de las campanadas el día anterior, no sé cómo reaccionará.
- No te preocupes, no despertará tan pronto.
No sabía lo que tenía preparado aquel angelical lucifer, pero me había demostrado que podía conseguir lo que quisiera.
Antes de la comida, mi misión era ir a la bodega con la jarra de barro y llenarla de vino directamente del tonel. En esa ocasión quiso acompañarme Rosita y pronto adiviné sus intenciones.
Había dos toneles, separados por unas piedras. Uno mayor, con vino de la cosecha del atrio, unas cepas viejas de varias clases de uvas, que se vendimiaban a finales de septiembre, no siempre en su mejor grado de maduración por miedo a las lluvias, frecuentes en estos pagos. Otro más pequeño, producto de uvas seleccionadas de las mejores fincas del cura y secadas al aire y a la sombra durante meses para posteriormente ser prensadas sin apenas agua y con un alto grado de azúcar, lo que se convertiría en mayor grado de alcohol y que el cura usaba para obtener la sangre de Cristo.
Convencido por Rosita, mezclamos los vinos con la intención de que no se notara demasiado el dulce, obteniendo así un caldo de mucha más graduación que permitiese al buen abad dormir por más tiempo. Os dije que esta chica era el mismo demonio?
Os lo dije, pero a pesar de todo era excitante acompañarla al infierno.
Subimos y nos dispusimos a comer. Rosita se mostraba más solícita que de costumbre sirviendo vino a D. Benigno, que tentado por el ángel no retiraba el vaso, trasegándolo casi al mismo tiempo que le era servido. Siempre he creído que los curas encuentran el placer carnal que le es negado, en la gula. A los que se les niega. Más tarde he podido comprobar por mí mismo que no todos encuentran la misma devoción en el sexto mandamiento.
La comida transcurrió sin más novedades que los consejos rutinarios de D. Benigno con respecto a las costumbres de sorber el caldo y de mojar el pan centeno en el mismo.
Su hermana, siempre callada, siempre dócil, sonreía.
Después de cerciorarse de que el cura había acabado con el vino de la jarra, Rosita pidió permiso para retirarse disculpándose con la siesta, costumbre que en aquella casa era ley.
Yo me levanté y me dirigí a la despensa en donde se guardaban las manzanas en paja para que el cura y su hermana pudiesen tomar el postre. Por la espalda noté los dedos de Rosita que me hacían cosquillas, al tiempo que salía corriendo hacia la biblioteca. Me contuve. Pero en cuanto la hermana recogía la mesa y el cura cayó de espaldas en el sofá sigilosamente me dirigí pasillo arriba. A la biblioteca.
Ya os dije que aquella chiquilla era una intelectual y le gustaba leer.
A veces le componía poesías.Aún me acuerdo de aquella y del tiempo que tardé en encontrar la piña que rimase con la niña:
Niña.
Que de la costa vienes
Morena eres
como una piña
Niña,
Como una piña tus dientes
Blancos
Que me fascinan
No estaba muy mal, el romanticismo me llevaba a pensar en los dientes. ¿Y os habéis dado cuenta del bonito juego de palabras, piña,dientes? Jodido pardillo.
Para mi sorpresa, la biblioteca estaba vacía. Observé detenidamente aquel montón de estanterías, de madera avejentada por los años y sin apenas cuidar, llena de libros, deshojados algunos, que eran protegidos únicamente por una tela metálica como si fueran gallinas. Solamente había estado en ella un par de veces y una vez a solas. Los títulos de los libros no me sonaban ni por asomo. La mayor parte de ellos en latín. Pero en ese momento los libros eran lo de menos. Buscaba cualquier indicio que me llevara a Rosita.
Estaba a punto de buscar en otra habitación cuando oí un ligero chirrido que provenía del mueble de la biblioteca. Pero en la biblioteca no había ninguna puerta. Era unos tablones desde el suelo al techo y unas tablas atravesadas que hacían de soporte de los libros y una hornacina a cada lado del tamaño de un santo de pie.
Al fijarme bien, descubrí una rendija entre el listón que bajaba al suelo y la pared; metí la mano empujando la hornacina…y allí estaba Rosita, en un hueco de apenas un metro y medio de alto por uno de ancho, mirándome con esa sonrisa picarona, con un vestido de tirantes y peto en el pecho. La falda, ligera, le tapaba las rodillas. Me indicó que entrase, pero apenas cabía un adulto. Más tarde me enteré que en ese espacio el anterior cura D. Jesús, escondía a los republicanos en peligro de ser llevados a dar el “paseillo”. Entré, nuestros cuerpos quedaron pegados, las rodillas chocaban y nos estorbaban, por lo que ella, moviéndose lentamente se dio la vuelta y me dejó a su espada. Mi nariz aspiraba el perfume de su cabello, a jabón La Toja y algo en mi interior creció con tal fuerza que aquello que crecía en mi interior empujó de tal manera que algo creció en mi exterior. Y aquello que creció en mi exterior fue a dar justo a donde tenía que dar, a sus nalgas cubiertas con el vestidito. Rosita había dejado de reir nerviosamente, ahora respiraba sonoramente y sus manos buscaban las mías; apenas podía moverme. Me dejé hacer. Acercó sus manos llenas de las mías a sus pechos y las colocó allí. Aquella tibieza hizo que el espacio se hiciese más reducido porque mi cuerpo se hacía cada vez más grande. O una parte de él. Me dolía. Rosita echaba la cabeza hacia atrás, buscándome. Yo mientras tanto había perdido la noción del tiempo y también del lugar. Me encontré con mi boca en su cuello. Torció un poco más el suyo hasta hacer su boca visible y me invitó con los labios entreabiertos. Era mi primer beso, un beso como no creía poder llegar a saborear, húmedo, cálido, profundo. Siempre pensé que besar era apretar labio contra labio. Rosita se encargó de sacarme de mi error.
En aquella difícil postura, mis manos en sus pechos, su cabeza vuelta, su boca absorbiendo mi boca y su lengua jugueteando con la mía, noté que sus piernas le flaqueaban y se fue bajando acompañándola yo en su movimiento hasta quedar en cuclillas. Pasando su mano derecha por entre sus piernas tomó mi miembro ante mi sorpresa y lo colocó entre sus nalgas, rozándose con él. Me atreví a sacar mi mano de sus pechos y me las apañe para apartar ligeramente las braguitas y sentir el calor y la humedad de su cuerpo. Rosita cerró ligeramente las piernas impidiéndome cualquier movimiento, por lo que retorné a sus pechos. No obstante, en recompensa seguía frotándose y frotándome, notando el calor que imaginé de las puertas del infierno. Aprendí en ese momento que en el cielo también hace calor. La mano de Rosita continuaba acariciándose utilizándome para ello. De pronto aceleró los movimientos de su mano contra aquello que había credido en mí que a su vez estaba situado en una especie de oquedad que hacían sus braguitas y me asusté de sus grititos que pronto dejé de oir porque aquello que había crecido en mí fue decreciendo a medida que aumentaban los grititos de Rosita. Me miró con ternura haciendo un esfuerzo por lo difícil de la posición y me prometió que otro día se quitaría las braguitas. Os juro que no supe qué decirle, me hubiera dado lo mismo que me pidiese hacerme el harakiri o el kikiriquí, aún estaba pensando qué había pasado y qué demonios había hecho.
Por su sonrisa adiviné que había ocurrido exactamente lo que ella quiso que ocurriese y dejé de sentirme culpable, aunque sí un tanto pardillo.
Podía decirse que seguía virgen, pero algo había aprendido.
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Niña…..
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jueves, 27 de mayo de 2010
El monumento
Participante
I Premio vinos y blogs del III concurso Vinos del Noroeste
Mucho antes de que el vino fuese una idea revestida de hermosura, fue vino. Y como ahora, fue poda, fue deshoja, fueron lágrimas heladas, fueron cuidados y mimos que persisten.
En el Valle de Monterrey existen dos símbolos con los que se identifica el vino. Uno es conocido en todo el mundo enológico, el Castillo y otro es completamente desconocido y que os quiero presentar.
Mi padre siempre quiso que estudiase y por ello me alejó de las labores agrícolas que obligatoriamente había que llevar a cabo para subsistir. De todas, menos de una. Siempre me animó, con ahínco incluso, en las labores de la viticultura. Había venido de la Guerra Civil con heridas en el cuerpo, pero sobre todo en el alma. En mi vida le he visto sonreir más de dos veces por año. En alguna ocasión sentí celos de las cepas durante la poda cuando pasaba su mano mansamente de arriba abajo, acariciándolas para limpiarlas de escamas. Me llevaba con él, me enseñaba el momento ideal para podar, dependiendo de la luna, de las futuras heladas, de qué tipo de vino y sobre todo de cuánto quería conseguir. No era entendido, pero disfrutaba haciendo lo que hacía. Había aprendido de su padre quien plantó la viña allá por el 1929, mal año para los negocios, con la sóla ayuda de un “pau ferro”. Dona Blanca, Arauxa, Bastardo, Treixadura, Mencía y cómo no el inevitable palomino. En mi casa no se podían comer uvas, las uvas se beben, decía mi padre. Sólo de vez en cuando y con motivo de alguna fiesta nos decía: “Vade coller uns xereces”. Sólo condescendía con el Jerez.
Con nueve años, ya se me permitía beber un vaso de vino en la comida. “Detrás del caldito, un traguito”, decía mi madre evitando que me lo acabase antes del inevitable caldo. Cuando tuve que irme de casa, para estudiar, no se me olvida cuánto sufrí por no poder beber vino. Solamente dos veces al año, en el santo patrón del colegio y en el de la santa patrona, se nos permitía catarlo. En el sentido más breve del término. Recuerdo perfectamente cómo, aún siendo goloso, cambiaba mis tres galletas de postre por un segundo vasito de vino. Con doce años.
Eso fue durante un período bienal; al cambiar de colegio también se acabó la costumbre del vino, con lo cual lo perdí de vista durante seis años. Volví a descubrirlo en la mili. Y aún estoy en ello. Con moderación, por supuesto.
En el colegio me enteré de las preocupaciones de mi padre porque una fábrica que se había instalado en el pueblo, expedía humos que secaban las hojas de la vid. En unión de otro familiar, sin recursos económicos pero con una tenacidad nacida de su razón de vivir, del vino, se empeñaron en la defensa de las viñas y de esa forma surgió el monumento que mencioné al principio en forma de chimenea de unos 25 mts. Si transitáis por la autovía de las Rías Baixas, dirección Madrid a la altura del km 162 y mirando a la izquierda la veréis, inhiesta, ya sin vida pero vigilante dibujando las cimas de las montañas que crean el valle, atenta y orgullosa por haber realizado el trabajo para que el fue construida.
El inicio de aquellas obras fue el primer momento en que ví sonreir abiertamente a mi padre. El segundo momento se producía después de la vendimia, semanas más tarde, cuando extrayendo del tonel de “duas centas olas” una taza de vino, lo llevaba a la boca, lo mascaba y lo escupía. De esos cinco segundos posteriores dependía la felicidad de todo un año. En esa ocasión siempre sonreía.
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domingo, 23 de mayo de 2010
Carta a Arantxa
Querida Arantxa:
Acabo de leer en los periódicos, sin mucha sorpresa conociendo tus “antecedentes”, que don José Manuel quiere abrirte expediente disciplinario por un artículo tuyo en Facebook. He de reconocer que mis cortas cualidades en la informática me impiden acceder a ese medio, pero intentaré leerte. Nada hacía presagiar, a no ser que te la traiga al pairo lo que pueda hacer Don Jose Manuel, tal noticia hace unos días cuando te arrancaste por fados en la comida de agradable recuerdo. La tristeza de tu voz, era simplemente consustancial con la canción, nada achacable a las intenciones del Sr. Baltar Junior.
Me da a mí que no fue el artículo en Facebook la causa del expediente, sino la resaca de aquellas elecciones en donde con un par (de adjetivos) dejaste claro en un medio público tu posición, valiente, rayando en lo suicida. Es raro ver en estos tiempos a un político, sea a nivel local o nacional, hacer valer su derecho a la libertad de opinión y mucho menos expresarla cuando camina en dirección contraria a la que mantiene el liderzuelo de turno. A no ser que esté jubilado.
Vaya pues para ti mi más sincera admiración, a pesar de nuestras pequeñas escaramuzas en torno a la microoxigenación y a la encerrona, de buena fe no te quepa duda, que hubo en aquella comida.
Quedo de ti seguro servidor para formar un partido para la Restauración si te fuese de necesidad.
Afectuosamente.
Cesar.
Orense a tantos de tantos.
Acabo de leer en los periódicos, sin mucha sorpresa conociendo tus “antecedentes”, que don José Manuel quiere abrirte expediente disciplinario por un artículo tuyo en Facebook. He de reconocer que mis cortas cualidades en la informática me impiden acceder a ese medio, pero intentaré leerte. Nada hacía presagiar, a no ser que te la traiga al pairo lo que pueda hacer Don Jose Manuel, tal noticia hace unos días cuando te arrancaste por fados en la comida de agradable recuerdo. La tristeza de tu voz, era simplemente consustancial con la canción, nada achacable a las intenciones del Sr. Baltar Junior.
Me da a mí que no fue el artículo en Facebook la causa del expediente, sino la resaca de aquellas elecciones en donde con un par (de adjetivos) dejaste claro en un medio público tu posición, valiente, rayando en lo suicida. Es raro ver en estos tiempos a un político, sea a nivel local o nacional, hacer valer su derecho a la libertad de opinión y mucho menos expresarla cuando camina en dirección contraria a la que mantiene el liderzuelo de turno. A no ser que esté jubilado.
Vaya pues para ti mi más sincera admiración, a pesar de nuestras pequeñas escaramuzas en torno a la microoxigenación y a la encerrona, de buena fe no te quepa duda, que hubo en aquella comida.
Quedo de ti seguro servidor para formar un partido para la Restauración si te fuese de necesidad.
Afectuosamente.
Cesar.
Orense a tantos de tantos.
jueves, 20 de mayo de 2010
De vinos, comidas y personas.
Comida en Algueira.
Ha sido una jornada excitante; semejante a pasear por el campo, rodeado de vírgenes desnudas. Allí estaban representados algunos de los vinos y bodegueros más interesantes de Galicia, en una reunión informal despidiendo el curso patrocinado por Caixanova. La cita, la bodega Algueira, en el corazón de la Ribeira Sacra, de Fernando Gonzalez Riveiro y su esposa Ana Delia que resultó ser la perfecta anfitriona. http://www.adegaalgueira.com/amplia.asp?id=29
La mañana comenzó con la clausura de D. Rafael del Rey. Un arca de datos, todos interesantísimos. Rafael del Rey es el responsable del Observatorio Español del mercado del Vino.http://www.oemv.es/.
Una vez acabada la clausura, deberíamos partir hacia el cañón del Sil, en donde habríamos de degustar un interesante y curioso Albariño de la Ribeira Sacra elaborado en la Adega Abadía da Cova, de Jose M. Moure y Evaristo Rodriguez. Su bodega está llena de premios y reconocimiento internacionales. http://www.adegasmoure.com/
Y digo deberíamos, porque el microbús que había de transportarnos, sufrió una avería , se retrasó y tuvimos que dirigirnos directamente a la Adega Algueira en donde Fernando nos explicó con la emoción sentida del colleiteiro, la calidad de los vinos gallegos, comparables a cualquier vino de cualquier latitud. Extendió las alabanzas a los tintos, que pueden competir por su frescura y floralidad. Degustamos algunas de las castes menos conocidas y que de nuevo afloran en el panorama de Galicia. Brancellao, Sousón, una treixadura en sus lías extraída de la propia “pipa”. Tentaciones tuvimos de levantar una tienda de campaña y dormir allí. Mientras, Fernando nos hacía partícipes, explicando las imágenes del video, del trabajo inmenso que tuvo que llevar a cabo para preparar los bancales, sin precipitarse río abajo. Nos explica que en sus laderas jamás habita la helada, y en contraprestación por lo dificultoso del acceso y la laboriosidad de los trabajos, tienen la ventaja de que son suficientes dos manos de sulfato y azufre para toda la campaña, mientras en otras latitudes es preciso de cuatro a cinco manos. Emana vitalidad en sus palabras y un convencimiento propio de quien sabe va por el camino correcto.
Fernando, en su bodega.
Para la hora de la comida, algunos de los bodegueros presentes, que os presentaré en las fotos, aportaron sus vinos y se me ocurrió una idea con los tintos, que trasmití a Delia y que acogió con todo entusiasmo, Venía preparado para la ocasión con unas bolsas de papel, con las que cubrimos las botellas que marqué previamente para que cada propietario descubriera su vino. Todos encontraron la idea interesante….pero alguno se habría de arrepentir, seguramente.
Los blancos que degustamos (no me gusta decir catamos, suena pretencioso y científico) fueron: Algueira, de Fernando Gonzalez de Ribeira Sacra; Pagos de Galir, de Rosa Rivero de Valdeorras, http://www.virxendegalir.es/ Cuñas Davia, de O Ribeiro, de Alberto García Ubeda, http://www.adegasvaldavia.com/ Quinta da Muradella de Jose Luis Mateo, de Monterrey. Deliciosos todos, untuosos, frescos, algunos amielados, afrutados otros, manzana, plátano, con recuerdos a frutas de hueso algunos, melosos todos, con la adecuada persistencia. De verdad, un lujo. Estos vinos fueron saboreados a la vista y casi de rodillas. No busquéis vinos demasiado caros, en torno a diez euros hay auténticas joyas en Galicia. Y no todos han de ser Albariños. Quinta da Muradella http://vinosdemonterrei.wordpress.com/2010/03/05/quinta-da-muradella/ resulta un poco más caro, no en vano algunos de sus vinos están en los primeros lugares de las listas de Parker. http://blogs.20minutos.es/descorchevinos/2010/04/28/los-mejores-vinos-espaaaa-segaanrobert-parker-by-jay-miller/comment-page-1/#comment-3899
Eduardo, Eladio, Manolo, Alberto y Fernando, atentos al video.
A continuación comenzamos con los tintos, para acompañar a una deliciosa carrillera de ternera con castañas. Serví personalmente el primer vino, un tinto Algueira, mencía. Casi todos acertaron a la primera su procedencia y tipo de uva. Destacó por su rapidez Arantxa, de Pagos de Galir, que abrió el fuego, todos estuvieron de acuerdo. Destacar que había entre los presentes muy afamados catadores a nivel de Galicia. Entre alabanzas a la idea y risas nerviosas, el camarero, moreno, muy atento pero discreto, sirvió el vino numero dos, un Amandi de nombre Cruceiro de Ramón Marcos Fernandez, quien enseguida nos privó de la posibilidad de la discusión descubriendo su propio vino. El tercero, un vino complejo, elaborado con Caiño, Sousón, Brancellao y garnacha centenaria. Un homenaje a las castes gallegas. Envejecido ligeramente en roble, presentaba unos matices complejos con recuerdos a regaliz. Hubo más discusión y nadie apostó claramente por una denominación. El Ribeiro se resiste. Alfonso, de la estación enológica, que hacía equipo con Evaristo de Abadía de a Cova, extrajo el sousón. De ahí en cascada surgieron las sugerencias. Era el Tarabelo, de Eladio Rodriguez. http://www.bodegaeladio.com/castellano.html
Estaba por llegar lo mejor. El cuarto. Alberto, el director del curso que estaba a mi lado, me dijo que si sabía en donde me había metido. Pero lo dijo después de haberme metido y después de contemplar la marejada. Veamos. Estábamos en el cuarto vino. Se sirvió del mismo modo que los demás. Un ligero silencio. La voz de Arancha que proclama: Esto es un Monterrey, sin duda.
Todos me miraron, para que consultara los apuntes en donde había escrito el número del vino y su correspondencia. No es Monterrey, dije sonriendo. Nadie más se atrevió a comentar. Miguel A. Mariño, de las Bodegas Gargalo http://www.bodegasgargalo.com/ me miraba inquisidor, pretendiendo una pequeña señal. Me mantuve firme. Pero es un viejo zorro y enseguida se percató. Es Pagos de Galir, dijo por lo bajo. Arancha que estaba a su lado saltó: Imposible! Este no es mi vino! Si ni siquiera me gusta! Me miró entre interrogadora y acusadora. Me extraño, porque a mí me pareció excelente.
Arancha, es tu vino, pero puede ocurrir que al no cambiar de copa, esté algo contaminado de los vinos anteriores, le expliqué.
Aproveché para meter una navajadita. O puede que el tabaco te haya estropeado el paladar!
Fuma como una carretera. Pero canta fados de maravilla! Un descubrimiento.
Todos estuvimos de acuerdo en cambiar de copas y servir una segunda botella del mismo Pagos de Galir. Ahora sí. Era él. Y así fue como se salvó la situación. El vino, sin duda era excelente.
Faltaba un quinto y un sexto. Todo discurrió con tranquilidad, mientras Fernando aprovechaba para loar el vino tinto gallego, apostando por sus señas de identidad y que se debería competir con las armas de que disponen en Galicia, diferenciación y personalidad. Castes nuevas y de posibilidades para hacer grandes vinos. En el mismo sentido se pronunciaba Alfonso, catador y co- responsable de la estación enológica de Leiro.” La madera aliena e iguala a los vinos privándoles de su auténtica personalidad.” Una discusión que no ganará nadie. Hay gustos, hay tendencias, hay modas y hay sobre todo mucha ilusión en este terreno. Y mucho ilusionista. Patrón vino, para demarcar clases.
Estaba por llegar no obstante la prueba final. Y esa llegó de la mano de Fernando, queriendo certificar su discurso.
“Os voy a poner un vino, dijo. Sólo quiero que me digáis Denominación de Origen y precio aproximado.”
El camarero nos sirvió de nuevo. Era claro que era un Rioja. Era claro también que había perdido la frescura. Madera en estado puro. Arancha de nuevo se aventuró a predecir denominación y precio. 16 euros. Mientras tanto, Alfonso y Evaristo, hablaban por lo bajo. Pero no se atrevían a dar una respuesta.
Mercedes Rebolledo, de Bodegas Rebolledo, sonreía y animaba. http://www.joaquinrebolledo.com/
De nuevo la respuesta de la mano del anfitrión que la adornó, barriendo a favor de los vinos gallegos.
Es un Rioja y vale 90 euros en bodega.
El silencio era atronador. Finalmente había conseguido su propósito. Vinos de apenas 20 euros competían a ciegas con otros de mucha más enjundia económica.
Sólo faltó que sentenciara: la madera encarece, pero no está demostrado que mejore.
Lo dicho, discusión perdida. Vuelvo al principio. Un día excitante!
Finalmente, Eladio tomó su guitarra y nos deleitó con sus canciones llenas de morriña y terruño. Mercedes Rebolledo seguía animando. Para sorpresa de todos, Arancha se arrancó con un fado que nos puso los pelos de punta. O tal vez fuera el vino. Maridan bien, vino y canto. Pero no dan el cante, los vinos gallegos.
Eladio Rodriguez. Amenizó y alegró la sobremesa.
Miguel A. Mariño, Evaristo, Alfonso
Alfonso y Alberto, el representante de Valdesil y Eduardo, de administración de Terras do Gargalo.
http://nuncaestardesilachicallega.blogspot.com/
Ha sido una jornada excitante; semejante a pasear por el campo, rodeado de vírgenes desnudas. Allí estaban representados algunos de los vinos y bodegueros más interesantes de Galicia, en una reunión informal despidiendo el curso patrocinado por Caixanova. La cita, la bodega Algueira, en el corazón de la Ribeira Sacra, de Fernando Gonzalez Riveiro y su esposa Ana Delia que resultó ser la perfecta anfitriona. http://www.adegaalgueira.com/amplia.asp?id=29
Los anfitriones, Fernando y Ana Delia
Una vez acabada la clausura, deberíamos partir hacia el cañón del Sil, en donde habríamos de degustar un interesante y curioso Albariño de la Ribeira Sacra elaborado en la Adega Abadía da Cova, de Jose M. Moure y Evaristo Rodriguez. Su bodega está llena de premios y reconocimiento internacionales. http://www.adegasmoure.com/
Y digo deberíamos, porque el microbús que había de transportarnos, sufrió una avería , se retrasó y tuvimos que dirigirnos directamente a la Adega Algueira en donde Fernando nos explicó con la emoción sentida del colleiteiro, la calidad de los vinos gallegos, comparables a cualquier vino de cualquier latitud. Extendió las alabanzas a los tintos, que pueden competir por su frescura y floralidad. Degustamos algunas de las castes menos conocidas y que de nuevo afloran en el panorama de Galicia. Brancellao, Sousón, una treixadura en sus lías extraída de la propia “pipa”. Tentaciones tuvimos de levantar una tienda de campaña y dormir allí. Mientras, Fernando nos hacía partícipes, explicando las imágenes del video, del trabajo inmenso que tuvo que llevar a cabo para preparar los bancales, sin precipitarse río abajo. Nos explica que en sus laderas jamás habita la helada, y en contraprestación por lo dificultoso del acceso y la laboriosidad de los trabajos, tienen la ventaja de que son suficientes dos manos de sulfato y azufre para toda la campaña, mientras en otras latitudes es preciso de cuatro a cinco manos. Emana vitalidad en sus palabras y un convencimiento propio de quien sabe va por el camino correcto.
Para la hora de la comida, algunos de los bodegueros presentes, que os presentaré en las fotos, aportaron sus vinos y se me ocurrió una idea con los tintos, que trasmití a Delia y que acogió con todo entusiasmo, Venía preparado para la ocasión con unas bolsas de papel, con las que cubrimos las botellas que marqué previamente para que cada propietario descubriera su vino. Todos encontraron la idea interesante….pero alguno se habría de arrepentir, seguramente.
Los blancos que degustamos (no me gusta decir catamos, suena pretencioso y científico) fueron: Algueira, de Fernando Gonzalez de Ribeira Sacra; Pagos de Galir, de Rosa Rivero de Valdeorras, http://www.virxendegalir.es/ Cuñas Davia, de O Ribeiro, de Alberto García Ubeda, http://www.adegasvaldavia.com/ Quinta da Muradella de Jose Luis Mateo, de Monterrey. Deliciosos todos, untuosos, frescos, algunos amielados, afrutados otros, manzana, plátano, con recuerdos a frutas de hueso algunos, melosos todos, con la adecuada persistencia. De verdad, un lujo. Estos vinos fueron saboreados a la vista y casi de rodillas. No busquéis vinos demasiado caros, en torno a diez euros hay auténticas joyas en Galicia. Y no todos han de ser Albariños. Quinta da Muradella http://vinosdemonterrei.wordpress.com/2010/03/05/quinta-da-muradella/ resulta un poco más caro, no en vano algunos de sus vinos están en los primeros lugares de las listas de Parker. http://blogs.20minutos.es/descorchevinos/2010/04/28/los-mejores-vinos-espaaaa-segaanrobert-parker-by-jay-miller/comment-page-1/#comment-3899
A continuación comenzamos con los tintos, para acompañar a una deliciosa carrillera de ternera con castañas. Serví personalmente el primer vino, un tinto Algueira, mencía. Casi todos acertaron a la primera su procedencia y tipo de uva. Destacó por su rapidez Arantxa, de Pagos de Galir, que abrió el fuego, todos estuvieron de acuerdo. Destacar que había entre los presentes muy afamados catadores a nivel de Galicia. Entre alabanzas a la idea y risas nerviosas, el camarero, moreno, muy atento pero discreto, sirvió el vino numero dos, un Amandi de nombre Cruceiro de Ramón Marcos Fernandez, quien enseguida nos privó de la posibilidad de la discusión descubriendo su propio vino. El tercero, un vino complejo, elaborado con Caiño, Sousón, Brancellao y garnacha centenaria. Un homenaje a las castes gallegas. Envejecido ligeramente en roble, presentaba unos matices complejos con recuerdos a regaliz. Hubo más discusión y nadie apostó claramente por una denominación. El Ribeiro se resiste. Alfonso, de la estación enológica, que hacía equipo con Evaristo de Abadía de a Cova, extrajo el sousón. De ahí en cascada surgieron las sugerencias. Era el Tarabelo, de Eladio Rodriguez. http://www.bodegaeladio.com/castellano.html
Estaba por llegar lo mejor. El cuarto. Alberto, el director del curso que estaba a mi lado, me dijo que si sabía en donde me había metido. Pero lo dijo después de haberme metido y después de contemplar la marejada. Veamos. Estábamos en el cuarto vino. Se sirvió del mismo modo que los demás. Un ligero silencio. La voz de Arancha que proclama: Esto es un Monterrey, sin duda.
Todos me miraron, para que consultara los apuntes en donde había escrito el número del vino y su correspondencia. No es Monterrey, dije sonriendo. Nadie más se atrevió a comentar. Miguel A. Mariño, de las Bodegas Gargalo http://www.bodegasgargalo.com/ me miraba inquisidor, pretendiendo una pequeña señal. Me mantuve firme. Pero es un viejo zorro y enseguida se percató. Es Pagos de Galir, dijo por lo bajo. Arancha que estaba a su lado saltó: Imposible! Este no es mi vino! Si ni siquiera me gusta! Me miró entre interrogadora y acusadora. Me extraño, porque a mí me pareció excelente.
Arancha, es tu vino, pero puede ocurrir que al no cambiar de copa, esté algo contaminado de los vinos anteriores, le expliqué.
Aproveché para meter una navajadita. O puede que el tabaco te haya estropeado el paladar!
Fuma como una carretera. Pero canta fados de maravilla! Un descubrimiento.
Todos estuvimos de acuerdo en cambiar de copas y servir una segunda botella del mismo Pagos de Galir. Ahora sí. Era él. Y así fue como se salvó la situación. El vino, sin duda era excelente.
Faltaba un quinto y un sexto. Todo discurrió con tranquilidad, mientras Fernando aprovechaba para loar el vino tinto gallego, apostando por sus señas de identidad y que se debería competir con las armas de que disponen en Galicia, diferenciación y personalidad. Castes nuevas y de posibilidades para hacer grandes vinos. En el mismo sentido se pronunciaba Alfonso, catador y co- responsable de la estación enológica de Leiro.” La madera aliena e iguala a los vinos privándoles de su auténtica personalidad.” Una discusión que no ganará nadie. Hay gustos, hay tendencias, hay modas y hay sobre todo mucha ilusión en este terreno. Y mucho ilusionista. Patrón vino, para demarcar clases.
Estaba por llegar no obstante la prueba final. Y esa llegó de la mano de Fernando, queriendo certificar su discurso.
“Os voy a poner un vino, dijo. Sólo quiero que me digáis Denominación de Origen y precio aproximado.”
El camarero nos sirvió de nuevo. Era claro que era un Rioja. Era claro también que había perdido la frescura. Madera en estado puro. Arancha de nuevo se aventuró a predecir denominación y precio. 16 euros. Mientras tanto, Alfonso y Evaristo, hablaban por lo bajo. Pero no se atrevían a dar una respuesta.
Mercedes Rebolledo, de Bodegas Rebolledo, sonreía y animaba. http://www.joaquinrebolledo.com/
De nuevo la respuesta de la mano del anfitrión que la adornó, barriendo a favor de los vinos gallegos.
Es un Rioja y vale 90 euros en bodega.
El silencio era atronador. Finalmente había conseguido su propósito. Vinos de apenas 20 euros competían a ciegas con otros de mucha más enjundia económica.
Sólo faltó que sentenciara: la madera encarece, pero no está demostrado que mejore.
Lo dicho, discusión perdida. Vuelvo al principio. Un día excitante!
Finalmente, Eladio tomó su guitarra y nos deleitó con sus canciones llenas de morriña y terruño. Mercedes Rebolledo seguía animando. Para sorpresa de todos, Arancha se arrancó con un fado que nos puso los pelos de punta. O tal vez fuera el vino. Maridan bien, vino y canto. Pero no dan el cante, los vinos gallegos.
Eladio Rodriguez. Amenizó y alegró la sobremesa.
Miguel A. Mariño, Evaristo, Alfonso
Alfonso y Alberto, el representante de Valdesil y Eduardo, de administración de Terras do Gargalo.
En primer plano Ramón, al fondo Manolo de Orcellón
Los anfitriones con Eladio Rodriguez
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