El Perro.
Nunca había sido demasiado
proclive a creer en aquellas historias en las cuales un perro, después de
caminar miles de kilómetros, se reencontraba con su dueño que le había entregado
en adopción, o abandonado en cualquier lugar recóndito.
Recordaba sin embargo aquella
ocasión en que su madre llegó a casa llorando desconsoladamente, rogándole que
retornase a casa al perro que años antes había regalado a un familiar de un
pueblo lejano de A Trepa, porque al oir aquel el ruido de la motocicleta que
solía conducir para desplazarse, comenzó a dar vueltas sobre sí mismo y
desprendiéndose de la correa que le ataba salió en su busca alcanzándola y regalándole toda clase de mimos y piruetas. Hasta ahí era lo más que estaba dispuesto a
concederle al instinto animal. Pero algo que sucedió el domingo pasado le ha
hecho replantear sus incredulidades. Si alguien que ame a los perros tiene
alguna explicación, será bienvenida.
Paseaban a orillas del
Barbaña, como de costumbre, cuando en un meandro distinguieron a una mujer
joven, una niña y un perro de los denominados de raza peligrosa.
Había más gente paseando y el
perro se mostraba tranquilo y pacífico con todos. Nada parecía hacer ver que
hubiese ningún tipo de peligro, por lo que continuaron tranquilamente. Apenas
hubieron pasado a su lado, el perro le siguió no con aire amenazador, sino todo
lo contrario, jugueteando delante de sus piernas, rodeándole gozoso y dibujando
toda clase de piruetas de alegria ante la sorpresa de la dueña que no reconocía
aquella reacción. Como si le conociese de toda la vida. Pero no se habían
cruzado jamás.
Hablaron de ello mientras
paseaban y encontraron una explicación que de ser cierta, guarda cierto
misticismo digno de estudio. La chica en cuestión había sido temporalmente compañera de su hijo. A éste le gustaba de vez en cuando sisarle la colonia
y el perro debió identificar el olor. Parecía la explicación más lógica. Pero esa
mañana no se había perfumado en absoluto, aunque sí entró en la habitación que
el hijo había abandonado meses antes.
En su mente se empezó a formar la
idea de que algo más que un simple perfume debió el perro atisbar en el hombre.
Algo más íntimo relacionado con los genes y olores. Pero le pareció demasiado
rebuscado. Seguramente fuese la colonia. De cualquier modo, no se la va de la
cabeza la reacción del animal y en su fuero interno nace la idea de que hay
mundos en el alma de los animales que ni siquiera sospechamos.
En Orense a tantos de tantos.














