viernes, 27 de agosto de 2010

Leyendas Celtas.

                                         El Molusco Gigante Part Chou.

El sargento entró de nuevo en el hall en donde se hallaba la mujer, que había atado la perrita a la estufa catalítica Super Ser que se encontraba en un rincón pegada a la pared.
A los pocos segundos entró también el cabo.

- Cómo le iba diciendo señora, continuó el sargento retomando el aire protocolario que había abandonado por la interrupción del cabo, tengo algo del máximo secreto que confesarle. Lo que voy a revelarle lo saben muy pocas personas, entre ellas nuestro invicto Caudillo a quién Dios guarde por muchos años.

La mujer vió como el sargento se volvía y mano derecha en alto, palma hacia abajo, saludaba al retrato del Caudillo que estaba a la derecha del Crucifijo.

-Número uno, continuó el sargento, su marido está sano y salvo.

 Pareció aliviada al pensar que podría volverse a casa a descansar. Quiso hablar, pero el sargento le interrumpió con un gesto de su mano.

- Número dos: tiene que jurarme por lo más sagrado que lo que oirá aquí esta noche morirá con usted, no pudiendo trasmitirlo a nadie ni oralmente ni por escrito haciéndose merecedora de garrote vil si así no lo hiciese y en su defecto a la pena que las leyes oportunas tengan por conveniente.
¿Me ha entendido, señora?

La mujer que no había entendido apenas nada del farragoso párrafo, sacó en conclusión que era algo muy serio y afirmó con la esperanza de irse a dormir cuanto antes.

- Cabo Lancho, interpeló en voz alta, traigame la Biblia y tómele juramento a la señora según el Protocolo para estos casos.

El cabo Lancho salió del Hall con presteza, pero en cuanto pensó cinco segundos se dio la vuelta y susurró al sargento,
- Mi sargento, no tenemos Biblia, ni tampoco protocolo para estos casos.

- Carallo, Lancho, es que voy a tener que hacerlo yo todo..?

Elevando la voz, el sargento ordenó:

- Cabo Lancho, baje el crucifijo, yo mismo le tomaré juramento, según el protocolo para estos casos excepcionales.

El cabo Lancho se subió a una silla y entregó el crucifijo al sargento quien con un soplo lo limpió del polvo acumulado. La mujer tosió al recibir el polvo del Cristo y automáticamente se santiguó.

- Bien señora, pudo continuar al fin el sargento, antes de entregarle a su marido tiene que hacer juramento ante Cristo y ante la autoridad. Ponga la mano en el crucifijo.

Así lo hizo la mujer que vió cómo el sargento se cuadraba y con voz solemne comenzó:

- Repita conmigo.” Yo- aquí diga su nombre- en presencia de la autoridad competente divina y humana, juro por mi salvación eterna que de lo que aquí oiga no saldrá jamás ni una palabra, ni un gesto. Si así lo hicere, es mi obligación. Si no lo hiciere, quedo advertida de los perjuicios que ello me acarrearía al amparo de las Leyes Fundamentales del Movimiento y muy concretamente de la Ley de Secretos del Territorio Español y playas adyacentes, en donde se viene a decir que “ quién no observare los secretos..etc,etc.” será acreedor de las máximas penas estipuladas para ello en dichas leyes.”

El cabo Lancho no salía de su asombro ya que en su vida había asistido a juramento de ese estilo y si no fuera por lo cabal que siempre le pareció el sargento, diría que le había dado el sol en el tricornio. Y debajo.
Sea como fuere, la mujer repitió sílaba a sílaba lo que al sargento se le iba ocurriendo.

- Bien señores, ya es como si fuera de la familia de la Benemérita, ya puede compartir el secreto, proclamó el sargento como liberado de un gran peso.

El sargento se permitió  un descanso en su rígida postura y tomando un tono de voz más cercano continuó:
- Verá, señora, desde hace años se están produciendo por estas fechas desapariciones como las de su marido. Desaparecen en La Lanzada y aparecen en la playa de Silgar en Sanxenxo. Realizadas las pesquisas oportunas por parte de la Benemérita, la Guardia Civil señora.- dijo aclarando por si la mujer no le hubiese entendido-, se ha comprobado sin lugar a duda alguna que se trata de una Navaja Gigante.

Ante la sorpresa de la mujer y temiendo haber ido demasiado lejos, continuó:

- ¿Ve por qué ha de ser esto secreto.? Si lo pregona, además de hacerse acreedora a las pertinentes penas susodichas, la tacharían de loca o simplemente no la creerían. Permítame que continúe. La navaja, es un molusco que para ocultarse de sus depredadores,- de sus enemigos que se la quieren comer, aclaró mirando de nuevo a la mujer-, escarba en la tierra y se hunde para no ser detectada. Por algún motivo, por alguna alteración de la naturaleza, esta navaja ha devenido en Gigante al conseguir vivir años y años , ha excavado un túnel y cuando se sumerge arrastra consigo cualquier objeto, animal o humano que se encuentre encima. La persona, animal u objeto arrastrado es transportado por succión hasta la playa mencionada en donde emerge pero por la falta de oxígeno del viaje queda inconsciente durante horas. Hay casos en que han aparecido ahogados. Su marido ha tenido suerte.
Desde nuestra experiencia en otros casos semejantes, nos permitimos aconsejarle lo siguiente a fin de que su marido no sufra los terribles males que sufrieron otras víctimas anteriores.

- Número uno: Durante los próximos diez días no puede pisar la playa.

- Numero dos: Un paseo al día a buscar el periódico y a descansar por la mañana tomando una cañita en una terraza.

- Número tres: es inevitable una siesta después de comer y al acabar otro paseíto a la sombra y un vinito en una terraza. Pruebe el Albariño, es ideal para curar algunas depresiones.

- Si usted cumple con todos estos consejos, podrá disfrutar del sol en la playa y tener unas felices vacaciones. ¿Podrá usted hacer eso por su marido? Tenga en cuenta que ha sido una experiencia muy estresante, rayando la locura.

La mujer le miraba sin saber qué decir, pero finalmente prometió cumplir con todos los consejos que el sargento le había regalado.

- Ya puede llevarse a su marido y tenga mucho cuidado, no le hable de esto hasta que no se encuentre mejor. Quizás sea conveniente no volver a mencionarlo.

Angel Izquierdo salió con aire entre  despistado y contrito, la mujer se fue hacia él y mirándolo de arriba abajo le entregó la perrita que estaba saltando de alegría, salieron y se perdieron en la oscuridad.



- Lancho, dijo el sargento, devuelva el crucifijo a su lugar pero antes prométame que jurará donde haga falta que esta noche no ha venido nadie al cuartelillo. Ya arreglaré lo mío en confesión con el padre Blas. Me voy a la cama.

El cabo Lancho volvió a colgar el crucifijo, agradeciéndole vívamente la inspiración que le había insuflado a su sargento, bajo cuyas órdenes estaba orgulloso de servir.



                                                         -.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-



La mujer jamás pronunció palabra alguna sobre los hechos acaecidos aquella noche, no obstante lo cual, la leyenda del Molusco Gigante se extendió por todas las Rias Baixas apagándose únicamente con el ruido de las lanchas de los traficantes de droga.

Angel Izquierdo pasó los mejores diez días de su vida, fugándose años después con la chica de la limpieza de su empresa. Acompañado de la pekinesa.

El sargento Pombo pidió la excedencia de la Guardia Civil y se matriculó en la Uned acabando brillantemente, en diez años, la carrera de Psicología.

Pepe el Botellas sigue pescando, pero ahora en lugar de pescarlas con cocacola, mezcla limón con la ginebra. Los tiempos cambian.




En el lugar de los hechos, a tantos de tantos.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Leyendas Celtas

                                  EL MOLUSCO GIGANTE Part Uan


El estridente ring del teléfono negro de la mesilla hizo que el sargento se despertase sobresaltado.

- ¡Diga¡, contestó intentando disimular la voz adormecida.

- Sargento, escuchó la voz cantarina del cabo Lancho, es perentorio que acuda con urgencia al cuartelillo, tenemos tres problemas.

- Déjese de palabrejas, Lancho, ¿ Qué cojones pasa para llamar a estas horas de la madrugada?

- Mi sargento, no puedo hablar, es mejor que venga inmediatamente.

- Coño, Lancho, como no sea algo “perentorio”, recalcó con sorna, le veo patrullando en Guinea Ecuatorial, dijo colgando enérgicamente al tiempo que ponía los pies en la alfombra evitando al pastor alemán que dormitaba en ella y que no hizo ademán alguno por evitarlo.
No así la pastora belga que en cuanto oyó el teléfono se levantó rápidamente, esperando tal vez adelantar el desayuno unas horas. Pero el sargento no le hizo caso alguno. El sargento Pombo amaba a los perros y a los caballos, resultándole indiferente cualquier otro animal, excepción hecha de aquellos que se podían hornear. Nunca supo muy bien si su mujer le había abandonado por tener perros o si tenía perros porque su mujer le había abandonado. En cualquier caso de eso hacía mucho tiempo, más de diez años cuando él tenía 30.

En diez minutos ya estaba sentado en su “dos caballos” que en esa época veraniega del año no tenía problemas para obedecer la orden de encendido.

En cuanto llegó al cuartelillo le estaba esparando el cabo Lancho en la puerta, visiblemente excitado.

- A sus órdenes mi sargento, saludó.

- Dígame, Lancho, a qué vienen esas prisas?

- Mi sargento, seré breve pero conciso, dijo el cabo comenzando su relato.

A las 3,30 de la madrugada, hace una hora, se personó en el cuartelillo un individuo que dijo ignorar en donde había estado desde las once de la noche hasta las tres de la madrugada. Lo último que recuerda es que se hallaba paseando con su señora y su perro por la playa de la Lanzada y que a las tres apareció en la playa de Sanxenxo. Dice no recordar lo que ocurrió en el transcurso de ese tiempo.

- No me joda, Lancho, habrá pillado una melopea de cojones, ¡como se va acordar!

- Dice que no puede beber, mi sargento y parece muy sereno. Pero espere que ahí no acaba el asunto. A las 3.35 se personó en estas dependencias Pepe el Botellas, quien dice haber sido testigo de un hecho singular en la Playa de la Lanzada.

- Venga, Lancho, apremió el sargento, que iba a ser usted conciso, abrevie

- Abreviaré, mi sargento. El tal Pepe Botellas asegura haber visto cómo a las once de la noche aproximadamente, en la playa de la Lanzada y mientras clavaba el bicho en el anzuelo de su caña, un hombre que se paseaba con una mujer y un perro, se paró en seco y de repente comenzó a ser succionado por la arena, tal como un berbiquí inverso. Como uno de esos dibujos animados que rotando sobre sí mismos se hunden en la tierra.

- Pero qué me está usted contando, Lancho, bramó el sargento. ¿Ha bebido usted?

- No, mi sargento, sabe que no bebo estando de servicio. Es lo que dice Pepe el Botellas.

- Por los patucos del Niño Jesús, Lancho, ¿Cómo puede usted dar crédito a lo que diga Pepe, si no ha estado sobrio ni un solo día desde que celebró su Primera Comunión?

- El lo asegura, mi sargento, yo sólo trasmito sus palabras.

- Bien, Lancho, acabemos con esto. ¿Dónde está el hombre?

- En la sala de órdenes, mi sargento.

- Y Pepe Botellas?

- Le hice un café y está durmiendo en la sala de banderas.

El sargento se disponía a interrogar al hombre cuando el cabo Lancho le interrumpió.

- Espere, mi sargento, aún queda el tercer problema. A eso de las 3.45 se personó una mujer de unos 45 años con una perrita pekinesa denunciando la desaparición de su marido. Comprendí entonces que podríamos estar ante un nuevo misterio, tres personas distintas y un solo caso verdadero. Y fue entonces cuando le llamé. Y aquí está usted.

- Así me gusta, Lancho, que se fije usted en todos los detalles. Ya sabemos que es perrita. Vamos a ver qué ocurre aquí, empecemos por la mujer.

Sitúese usted a mi derecha y tome nota de las contradicciones que encuentre en el relato.

El sargento Pombo entró en el cuatelillo en donde se encontró con una mujer de edad indefinida, tez morena y rictus amargo en su rostro. Diríase que contrariada por no poder estar descansando. El sargento notó enseguida que la perrita le molestaba y eso le creó malas vibraciones con respecto a la mujer.

- Buenas noches, señora, soy el sargento Pombo, cuénteme qué le ocurre.

- Ya se lo he c ontado a su compañero, dijo la mujer visiblemente molesta.

- Sí, señora, el cabo Lancho me ha informado detalladamente, pero prefiero oirlo de su viva voz, informó el sargento recreándose especialmente en las palabras “cabo Lancho”.

- Como le dije a su compañero, insistió la mujer no dándose por enterada, estaba paseando con mi marido por la playa de la Lanzada y en un momento dado, miré hacia atrás y me encontré hablando sola. No había nadie. Había desaparecido en la incipiente oscuridad. Pensando que habría ido a hacer sus necesidades esperé una media hora. Al ver que no llegaba me fui al apartamento que tenemos alquilado esperando que estuviera allí. Pero nada. Desanduve el camino y volví a la playa por si lo encontraba; tampoco. Viendo que no daba señales de vida, vine para denunciar su desaparación. Eso es todo.

El sargento se atusó el abundante bigote estilo Dalí con aire pensativo.

- Cómo se llama su marido?

- Angel Izquierdo.

- ¿Habían discutido?

- Como todos los días, asintió la mujer, nada especial. Es muy cabezón, no hace caso de nada de lo que se le dice y..

- Bien, señora, interrumpió el sargento. ¿cree usted que pudo irse por propia voluntad?

- Por propia voluntad? Imposible. No tiene voluntad propia. Mire usted que lleva trabajando veinticinco años para la misma empresa y jamás se ha atrevido a pedir un aumento de sueldo, ni un día libre. Es un cobarde, nunca podría haberse ido por voluntad propia. Además, de ocurrírsele, no lo habría hecho sin su perrita, añadió mirandola con asco.
- Bien, señora, aguarde aquí un momento.

El sargento Pombo se dirigió al cabo Lancho y le dijo algo con voz inaudible para la mujer.

- Sargento, dijo la mujer, tengo derecho a saber…

- Señora, le cortó de nuevo el sargento, en este cuartel derechos sólo los miembros de la Benemérita! No piense que me apellido Palomo. (1)

La mujer se sentó mascullando algo imperceptiblemente, ante la sonrisa escondida del cabo Lancho.
El sargento se dirigió a la sala de órdenes, en donde se encontró con un hombre de unos 50 años, con el cabello peinado hacia atrás, gafas negras de hueso y enrojecido forzadamente por el sol de agosto.

- Buenas noches, soy el sargento Pombo, ¿Cómo se llama usted?

- Angel Izquierdo, sargento.

- En buen lío nos ha metido, hombre. Yo tenía que estar durmiendo para estar despejado para el desfile de la fiesta de la ostra, usted tenía que estar en su casa, durmiendo, para estar despejado y poder pasear esta noche la playa con su mujer y su mujer tenía que estar en cama y la tengo aquí dándome el coñazo.
Si no me da una buena explicación para esto, le juro que le digo toda la verdad a su mujer.

- No me acuerdo de nada, sargento, se lo juro, dijo el hombre sin convencimiento alguno.

- Vamos a ver, hombre, que yo le comprendo. Usted está harto de pasear por la playa, darse potingues y tostarse bajo el sol. Lo comprendo, se ha montado un numerito, le ha pagado unos cubatas a Pepe Botellas para que se invente una historia y se ha ido a bailar a la discoteca. Pero hombre de dios, tendría que haberse inventado una historia más creíble!

El hombre miraba al sargento con sorpresa y cierta admiración, no comprendía cómo pudo averiguarlo en tan poco tiempo.
Como si hubiera leído los pensamientos del hombre, el sargento Pombo le señaló el sello de la muñeca en el brazo izquierdo que rezaba: Diskoteka Isis.
En un movimiento instintivo el hombre intentó ocultarlo con la otra mano, pero comprendiendo que era tarde se llevó las dos manos a la cabeza y se quedó inmóvil mientras el sargento llamaba al cabo Lancho que se presentó de inmediato en la estancia.

- Cabo, lave ese sello de la muñeca del Sr. Izquierdo. Yo me ocupo de la mujer.

El sargento salió de la sala de órdenes y entró en la recepción en donde se encontraba la mujer.

- Señora, dijo tomando un aire protocolario con el tricornio bajo el brazo izquierdo, tengo que transmitirle algo muy importante y de máximo secreto.

El cabo Lancho le interrumpió en ese momento.

- Mi sargento, venga..

- Coño, Lancho, que pasa ahora.

- Mi sargento, la mancha de tinta no se va. Es insolvente.

- Será insoluble, Lancho, insoluble.

- Será lo que usted dice mi sargento, pero no se va.

- Bien, no tengo tiempo, estámpele encima el sello de la Guardia Civil, y que no se lave hasta mañana. Para entonces esperemos que ya sea soluble. En cuanto lo haga, acompáñeme con la mujer y no se le ocurra decir ni pío. Siente al Sr. Izquierdo cerca de la puerta que pueda oir, pero que no se le ocurra salir hasta que no se le indique!

(1) Inteligente juego de palabras, Pombo=palomo en gallego.




Orense a tantos de tantos.

martes, 3 de agosto de 2010

El Real Madrid ya no me pone.

Siempre he escuchado que se puede cambiar de casa, se puede cambiar de país, se puede cambiar de trabajo e incluso, cada vez más a menudo, se puede cambiar de esposa, pero jamás se cambia de equipo. Pero me lo estoy pensando seriamente. El Real Madrid ya no me pone.
No encuentro seducción en las galopadas locas de Ronaldo, es un mete-saca incesante sin apenas caricias previas. Pasada la fuerza de la juventud, necesitamos que nos seduzcan, que nos acaricien levemente, que se nos insinúen. Había más erotismo en una mirada indolente de Guti que en los arranques de bisonte, mirada al  césped, de Iguaín. Y qué decir de esos suaves pases que iban a morir en el sitio justo en que se encontraba la bota del compañero para el que iban dirigidos.?También en aquellos pases fallados había concupiscencia. Ahora tendremos que conformarnos con los esfuerzos de Gago; a la tercera encontrará el hueco. Siempre forzado, siempre necesitado de vaselina.
¿Y quién demonios es Khedira? ¿Dónde estaba el día de la orgía de España? Mientras Xavi-Iniesta-Xabi-otra vez Iniesta- Busquets-Xavi-otra vez Iniesta-Piqué, acariciaban las pelotas? ¿Dónde estaba Khedira? ¿Qué demonios hacía corriendo de un lado para otro sin encontrar piel ni cuero que acariciar?
Definitivamente el Real Madrid no me pone. Y para arreglarlo han traido un entrenador macho-más macho-que todoslosmachos. Pobre del que no corra. No importa que tenga o no tenga la pelota, importa que corran y corran y marquen un golito, que una vez embarazado el partido, ya nos quedaremos quietecitos en casita para no abortar.
Este Madrid no me pone. Y estoy pensando seriamente en cambiar de equipo.

Tomaré la decisión durante estas vacaciones.

Orense a tantos de tantos.


lunes, 12 de julio de 2010

Concentración máxima.

Por unos días necesito estar con la máxima concentración. Sé que me será inevitable curiosear y dejarme  ver, por mi natural presumido, pero serán las menos  de las veces.

Gracias y no me olvidaré de nadie.

domingo, 4 de julio de 2010

Balas de carmín. De Alfredo García Francés.

Agradezco a Dña AuroraInes el premio a todas luces inmerecido para mí y que comparte conmigo.





Acabo de leer la novela Balas de carmín de Alfredo García Francés, por quién he sentido curiosidad desde que leí el que fue para mí su primer post, directo, brutalmente cierto e irónicamente sincero.

El primer capítulo te deja amarrado a la narración irremediablemente. Necesitas saber, necesitas respuestas y quieres conocer más profundamente a Melania Bejarano, Lany.
¿Por qué, de una manera fría, como si desde siempre hubiera sentido la necesidad de hacerlo, apunta a la cabeza de su padre, en presencia de sus captores de las Farc, pide su bendición y dispara? ¿Porqué el lector advierte una sensación de alivio en Lany al dejar el arma?

Balas de Carmín, la sinopsis lo deja muy claro, es una novela de amor y odio, de resentimientos adquiridos en la infancia que el autor sabe plasmar de manera tal que a veces pudiera pensarse que es él mismo quien dispara.
Las circunstancias han hecho de Lany una mujer fría y calculadora, independiente aún en las peores circunstancias de su secuestro. Esa frialdad le valdrá para perfeccionar su “profesión” de la que se servirá para limpiar su pasado y vivir su vida venidera de la manera que ella elija. Lany siempre elige. Incluso con quién y cuándo quiere perder su virginidad. Y a pesar del odio, no olvida a los que en los años duros de secuestro se han olvidado de ella.
Posiblemente, Lany es universitaria, haya leído a Dostoievski y haya comprendido la conducta de Raskolnikov, el personaje que empieza matando para hacer luego el bien. Me inclino a creer que va cumpliendo con “los encargos” por responsabilidad profesional y por amor a su hermano Edgar, uno de los jefes del narcotráfico.
Balas de carmín, es un paseo por el proceloso mundo de los secuestros, de los asesinatos por encargo, del narcotráfico, pero con una visión cercana, como de primera mano que hace pensar que el autor o ha estado en las montañas con los secuestradores o ha dispuesto de información privilegiada.

Con un lenguaje sincero, directo, lleno de localismos que le dan un aire veraz , en Balas de Carmín el sexo salpica las hojas de la novela llevado de la mano del amor unas veces o simplemente del deseo carnal.

Pero no nos engañemos, es una novela, un trhiller en donde la acción es trepidante y narrada en leguaje claro y directo que te atrapa hasta la palabra final.

Un placer haber tenido la oportunidad de poder leerla y con ella conocer más en profundidad a su autor.




http://garciafrances.blogspot.com/





Orense a tantos de tantos.

jueves, 24 de junio de 2010

Bajo la rueda.

Mi amigo es una persona optimista, vitalista diría yo, que aún ve la vida desde los ojos de un niño y que absorbe cuanto puede con la misma ilusión de los quince años. Acude a clases de cocina, a bailes de salón, asiste a cuantos eventos se producen en su pequeña ciudad y sorbe con fruición las delicias del mundo. Incluso se ha agenciado un blog. Le gusta viajar, que no pacer como oveja encarrilada por los santuarios del mundo. Cómodamente, despacio, charlando con la gente, haciéndose entender ya sea por señas.
Es deportista, aunque hace tiempo que ejerce menos. La edad no es buena consejera.
Además de todo eso, mi amigo es un padrazo. Ni un solo día dejó de llevar a sus niños a clases, a actividades extraescolares, acompañándoles en todos sus desplazamientos cuando así lo r equería la competición. Cada fin de semana madrugaba para contemplar sus entrenamientos cuando no era él mismo quien los dirigía.
Noto a mi amigo triste de un tiempo a esta parte. Hace unos días, con la ayuda de un excelente Carraovejas, me confesaba sus  temores. Tenía dos hijos que siempre habían conseguido brillar, ya sea en sus estudios, ya en su vida deportiva y social. Siempre habían sido pioneros en todo y habían acabado brillantemente sus carreras.
Pero mi amigo, cada vez más a menudo, se acordaba de Herman Hesse, cuando describía en su libro las peripecias del seminarista que mientras prometía ascender en la sociedad, era alentado, animado y apoyado por todo el pueblo, para abandonarlo a su suerte cuando las expectativas se difuminaron.



Con los ojos brillando, a punto de desbordarse la presa, me comentaba que cuatro años después de acabados los estudios su hijo mayor, con matrícula de honor mediante, veía como otros menos preparados que él iban ocupando puestos en la sociedad, por méritos unos, por amistad otros, mientras él, su hijo, su vida, aquel que jamás le había dado un disgusto, se dedicaba nueve horas al día ininterrumpidamente desde hacía cuatro años, a memorizar leyes y artículos para merecer un día ser admitido en la sociedad. Ahora, acordándose de Herman Hesse, comenzaba a dudar de si no estaría entrando Bajo la rueda. Y eso le descorazonaba. Le descorazonaba que todos aquellos que alentaban y jaleaban, como en la novela, ahora le vuelvan la espalda. Estado, Xunta, amigos, profesores; me confesó que a veces se arrepentía de haber sido tan independiente. Podría haber adulado, servido, servirse, y no lo hizo.
Mi amigo, ya con lágrimas en los ojos, se juramentó para que eso no ocurriese, su hijo no caería bajo la rueda. Pero la duda ya se había instalado en su alma.





martes, 15 de junio de 2010

Las hay de todos los tamaños.

Las hay en celosía.



Las hay desteñidas






Las hay gemelas



Las hay  desvencijadas


Las hay esquizofrénicas


   Las hay verdes




Las hay abandonadas




Las hay  escoltadas




Las hay ventiladas





Las hay anchurosas




Y anchurosas con estrambote




Tripticas





Catedralicias




Las hay vigiladas





Las hay ofensivas




Las hay protegidas






Las hay transparentes



Las hay del siglo XIII, importantes y abiertas







Las hay minúsculas







Y no las hay.



Todas estas puertas y más que no he podido fotografiar son el resultado de un paseo de apenas doscientos metros. Prometo volver con mejor calidad, ya que están obtenidas con el móvil y en condiciones pésimas de luz. Algunas de ellas posiblemente ya no existan cuando lo intente de nuevo.


Orense a tantos de tantos.

domingo, 13 de junio de 2010

Fin de Semana.



Generosa playa la de La Lanzada que acoge a todo tipo de seres.





Aproveché para practicar un poco la fotografía, intentando adivinar todos los secretos del aparato, lo que no he podido conseguir. A la vista queda.




Ha sido el último fin de semana antes de SUMERGIRME de lleno en la mina. Hay mucho carbón por sacar, aunque no sé si el precio será el adecuado.



Juan Salvador






Enseguida sabréis el porqué de tanta algarabía







A la derecha un monstruoso congrio de un metro y treinta centímetros que acababan  de pescar estos amigos.




Os dejo en paz por unos días, como mucho unas semanas.

miércoles, 2 de junio de 2010

Rosita

Por obligaciones contractuales y casi chantajistas de algunas de mis lectoras y ante el temor de perderlas, me veo obligado a claudicar retornando a mis orígenes.
Si quieres entender algo, te remito al final.

                                      

                                 Tercer mes. La cita(Y tres)

La distancia entre el  río y la casa consistorial era de apenas 500 metros que hice corriendo como si me fuera en ello la vida, ante lo avanzado de la hora. No me preocupaban las posibles reprimendas de D. Benigno, toda mi preocupación consistía en soportar la mirada de Rosita; esos ojos inquisidores, burlones, de niña de ciudad que, ahora lo sé, jugaba con el niño de pueblo.

Al llegar a la altura del cementerio me paré y tomé un respiro. El sol caía a plomo derritiendo la pez de la recién asfaltada carretera y me cobijé a la sombra de una cruz. Me fijé en la inscripción de la tumba y no pude por menos que sonreir; en ella rezaba:

                      A la memoria de xxx, de tu esposa que no te olvida.

La susodicha esposa había tardado apenas dos meses en amancebarse con Trinitario, su vecino, que a su vez había convivido siempre con su hermano Edelmiro. En aquel momento aún no contemplaba todas las excitantes posibilidades de aquel ayuntamiento.



Una vez recuperado el aliento, hice de piernas corazón y temblando de ambos me presenté en la puerta de la casa consistorial. Tiré de la cuerda que hacía tañer la campanilla en el interior del corredor y casi al instante sentí unos pasos a la carrera que me parecieron los de Rosita. Se entreabrió la puerta y apareció ella, con la cara angelical pero algo seria.

- Mi tío está enfadadísimo, le dije que habías ido a buscar sal a la tienda del tío José, dile que no había!!

Uff, mal íbamos comenzando nuestras “relaciones” con mentiras.

De todos modos, para mí que D. Benigno no se creyó lo de la sal y ni siquiera preguntó. Pasó directamente al sermón: “ Tenías que haber pelado las patatas y tenías que haber ido al huerto a buscar tomates. Vete a la cocina y ayuda a mi hermana, en cuanto acabemos de comer hablaremos. Creo que lo mejor que se puede hacer contigo es meterte interno!”

Ya salió la maldición bíblica…interno! No sé qué queréis que os diga, pero no me preocupó demasiado el asunto.
Enseguida pensé en cómo me las arreglaría para acudir a mi cita con Rosita. En eso ella me echaría una mano a buen seguro.
Ayudé a la hermana del cura en lo que me pidió y al acabar insistió en que pusiera la mesa ofreciéndose a ayudarme la sobrina del cura. Yo transportaba los platos y ella los recibía y los colocaba en la mesa. Cada vez que se los entregaba, ella procuraba que sus manos rozasen las mías mientras sonreía. En una ocasión me recordó lo que había dejado escrito: que me esperaba en la biblioteca al acabar de comer, cuando su tío cayese dormido.

- Y si despierta? Después del escándalo de las campanadas el día anterior, no sé cómo reaccionará.

- No te preocupes, no despertará tan pronto.

No sabía lo que tenía preparado aquel angelical lucifer, pero me había demostrado que podía conseguir lo que quisiera.

Antes de la comida, mi misión era ir a la bodega con la jarra de barro y llenarla de vino directamente del tonel. En esa ocasión quiso acompañarme Rosita y pronto adiviné sus intenciones.
Había dos toneles, separados por unas piedras. Uno mayor, con vino de la cosecha del atrio, unas cepas viejas de varias clases de uvas, que se vendimiaban a finales de septiembre, no siempre en su mejor grado de maduración por miedo a las lluvias, frecuentes en estos pagos. Otro más pequeño, producto de uvas seleccionadas de las mejores fincas del cura y secadas al aire y a la sombra durante meses para posteriormente ser prensadas sin apenas agua y con un alto grado de azúcar, lo que se convertiría en mayor grado de alcohol y que el cura usaba para obtener la sangre de Cristo.

Convencido por Rosita, mezclamos los vinos con la intención de que no se notara demasiado el dulce, obteniendo así un caldo de mucha más graduación que permitiese al buen abad dormir por más tiempo. Os dije que esta chica era el mismo demonio?
Os lo dije, pero a pesar de todo era excitante acompañarla al infierno.

Subimos y nos dispusimos a comer. Rosita se mostraba más solícita que de costumbre sirviendo vino a D. Benigno, que tentado por el ángel no retiraba el vaso, trasegándolo casi al mismo tiempo que le era servido. Siempre he creído que los curas encuentran el placer carnal que le es negado, en la gula. A los que se les niega. Más tarde he podido comprobar por mí mismo que no todos encuentran la misma devoción en el sexto mandamiento.

La comida transcurrió sin más novedades que los consejos rutinarios de D. Benigno con respecto a las costumbres de sorber el caldo y de mojar el pan centeno en el mismo.

Su hermana, siempre callada, siempre dócil, sonreía.

Después de cerciorarse de que el cura había acabado con el vino de la jarra, Rosita pidió permiso para retirarse disculpándose con la siesta, costumbre que en aquella casa era ley.
Yo me levanté y me dirigí a la despensa en donde se guardaban las manzanas en paja para que el cura y su hermana pudiesen tomar el postre. Por la espalda noté los dedos de Rosita que me hacían cosquillas, al tiempo que salía corriendo hacia la biblioteca. Me contuve. Pero en cuanto la hermana recogía la mesa y el cura cayó de espaldas en el sofá sigilosamente me dirigí pasillo arriba. A la biblioteca.

Ya os dije que aquella chiquilla era una intelectual y le gustaba leer.

A veces le componía poesías.Aún me acuerdo de aquella y del tiempo que tardé en encontrar la piña que rimase con la niña:


                                                             Niña.
                                              Que de la costa vienes
                                                       Morena eres
                                                     como una piña
                                                            Niña,
                                            Como una piña tus dientes
                                                          Blancos             
                                                   Que me fascinan

No estaba muy mal, el romanticismo me llevaba a pensar en los dientes. ¿Y os habéis dado cuenta del bonito juego de palabras, piña,dientes? Jodido pardillo.

Para mi sorpresa, la biblioteca estaba vacía. Observé detenidamente aquel montón de estanterías, de madera avejentada por los años y sin apenas cuidar, llena de libros, deshojados algunos, que eran protegidos únicamente por una tela metálica como si fueran gallinas. Solamente había estado en ella un par de veces y una vez a solas. Los títulos de los libros no me sonaban ni por asomo. La mayor parte de ellos en latín. Pero en ese momento los libros eran lo de menos. Buscaba cualquier indicio que me llevara a Rosita.

Estaba a punto de buscar en otra habitación cuando oí un ligero chirrido que provenía del mueble de la biblioteca. Pero en la biblioteca no había ninguna puerta. Era unos tablones desde el suelo al techo y unas tablas atravesadas que hacían de soporte de los libros y una hornacina a cada lado del tamaño de un santo de pie.

Al fijarme bien, descubrí una rendija entre el listón que bajaba al suelo y la pared; metí la mano empujando la hornacina…y allí estaba Rosita, en un hueco de apenas un metro y medio de alto por uno de ancho, mirándome con esa sonrisa picarona, con un vestido de tirantes y peto en el pecho. La falda, ligera, le tapaba las rodillas. Me indicó que entrase, pero apenas cabía un adulto. Más tarde me enteré que en ese espacio el anterior cura D. Jesús, escondía a los republicanos en peligro de ser llevados a dar el “paseillo”. Entré, nuestros cuerpos quedaron pegados, las rodillas chocaban y nos estorbaban, por lo que ella, moviéndose lentamente se dio la vuelta y me dejó a su espada. Mi nariz aspiraba el perfume de su cabello, a jabón La Toja y algo en mi interior creció con tal fuerza que aquello que crecía en mi interior empujó de tal manera que algo creció en mi exterior. Y aquello que creció en mi exterior fue a dar justo a donde tenía que dar, a sus nalgas cubiertas con el vestidito. Rosita había dejado de reir nerviosamente, ahora respiraba sonoramente y sus manos buscaban las mías; apenas podía moverme. Me dejé hacer. Acercó sus manos llenas de las mías a sus pechos y las colocó allí. Aquella tibieza hizo que el espacio se hiciese más reducido porque mi cuerpo se hacía cada vez más grande. O una parte de él. Me dolía. Rosita echaba la cabeza hacia atrás, buscándome. Yo mientras tanto había perdido la noción del tiempo y también del lugar. Me encontré con mi boca en su cuello. Torció un poco más el suyo hasta hacer su boca visible y me invitó con los labios entreabiertos. Era mi primer beso, un beso como no creía poder llegar a saborear, húmedo, cálido, profundo. Siempre pensé que besar era apretar labio contra labio. Rosita se encargó de sacarme de mi error.

En aquella difícil postura, mis manos en sus pechos, su cabeza vuelta, su boca absorbiendo mi boca y su lengua jugueteando con la mía, noté que sus piernas le flaqueaban y se fue bajando acompañándola yo en su movimiento hasta quedar en cuclillas. Pasando su mano derecha por entre sus piernas tomó mi miembro ante mi sorpresa y lo colocó entre sus nalgas, rozándose con él. Me atreví a sacar mi mano de sus pechos y me las apañe para apartar ligeramente las braguitas y sentir el calor y la humedad de su cuerpo. Rosita cerró ligeramente las piernas impidiéndome cualquier movimiento, por lo que retorné a sus pechos. No obstante, en recompensa seguía frotándose y frotándome, notando el calor que imaginé de las puertas del infierno. Aprendí en ese momento que en el cielo también hace calor. La mano de Rosita continuaba acariciándose utilizándome para ello. De pronto aceleró los movimientos de su mano contra aquello que había credido en mí que a su vez estaba situado en una especie de oquedad que hacían sus braguitas y me asusté de sus grititos que pronto dejé de oir porque aquello que había crecido en mí fue decreciendo a medida que aumentaban los grititos de Rosita. Me miró con ternura haciendo un esfuerzo por lo difícil de la posición y me prometió que otro día se quitaría las braguitas. Os juro que no supe qué decirle, me hubiera dado lo mismo que me pidiese hacerme el harakiri o el kikiriquí, aún estaba pensando qué había pasado y qué demonios había hecho.

Por su sonrisa adiviné que había ocurrido exactamente lo que ella quiso que ocurriese y dejé de sentirme culpable, aunque sí un tanto pardillo.

Podía decirse que seguía virgen, pero algo había aprendido.

Y quedaban quince días para su partida.

Y me acordé de aquellos versos que un día compuse para ella.
Niña…..

Orense a tantos de tantos.


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