domingo, 5 de enero de 2014
Aquella noche.
Las cicatrices son experiencias a menudo dolorosas; remiendos en la piel que añaden valor al vestido de la vida. Las invisibles son las más lacerantes, aquellas que rondan periódicamente, siempre latentes y siempre dispuestas a atacarte al menor signo de debilidad. Imagino que por eso adoptamos ese aire de dureza ante la vida y ante las personas. Imagino que por eso en Navidad nos rodeamos de más gente, para darnos ánimos, para aprovechar la fuerza del grupo y respirar al unísono el aire cálido y el amor de los seres queridos.
Te fuiste sin decírmelo. Jamás hemos tenido el valor de hablar de ello, de aquella noche. ¿Qué sabíais?
Qué susurros callados, qué murmullos..? Qué premoniciones nefastas, qué temores..?
No hemos tenido tiempo en 40 años para hablar de ello. Búscalo, perdónale y dile lo mucho que pude añorarle. Y que siempre le he perdonado por irse de aquella manera.
Díselo.
Pensando en él.
http://nuncaestardesilachicallega.blogspot.com.es/2009/12/in-memoriam.html
lunes, 23 de diciembre de 2013
El milagro del magnolio estéril.
A menudo las historias tristes contienen un denominador común; la ruptura de la tranquilidad cotidiana, el cambio de status mental, el dolor por lo perdido y la aceptación final de los hechos. Fase ésta que puede tardar más o menos en función de la capacidad cognoscitiva de cada persona.
Lo que fuimos y lo que somos. Lo que hemos sido y lo que ya no volveremos a ser.
Fue un hombre fuerte, física y mentalmente. Todo lo que consiguió lo hizo por su fortaleza, trabajo y dedicación y no se resigna a la suplencia del ocio absoluto.
Hace ya un tiempo que dirige su obsesión al magnolio que su mujer plantó con todo mimo al lado de la barbacoa que él mismo construyó con sus manos. Pretende arrancarlo. Porque no da nada, no sirve para nada. El no vive de flores ni de olores, quiere únicamente árboles que den fruto, que sean útiles. Cada día durante los últimos dos años la misma pelea. Es preciso hacer desaparecer los aperos de labranza a fin de que no lleve a cabo su empeño. Pero a veces, siempre por poco tiempo, se queda sólo y ella teme que al regresar ya no se conserve en pie el arbusto que le acompañó durante los últimos 25 años, proporcionando flores y sombra en los áridos veranos de interior.
El sábado pasado se obró el milagro. Al dirigirse al árbol para maldecir su esterilidad y renovar las amenazas cotidianas, comprobó con incredulidad que de las estériles ramas sobresalían estratégicamente tres bellos kiwis. Los estuvo observando durante unos segundos, tomó un bastón y los vareó para cerciorarse de que no eran ilusiones ópticas.
Los sopesó en la mano y se alejó del árbol pensativo murmurando algo para sí.
Esa tarde la pasó con tranquilidad y no se le oyó hablar en ningún momento de cercenar el magnolio.
En Orense a tantos de tantos.
viernes, 27 de septiembre de 2013
El desencanto.
Algarabía en una céntrica calle. Gente arremolinada en un círculo desigual. Discusiones. Un hombre joven ,que hace malabares a menudo en ese lugar, se enfrenta, ojos vidriosos por la ira, (al menos) con otro hombre, mayor, negro, que soporta estoicamente sus arremetidas sin provocar.
El hombre joven amenaza verbalmente y a intervalos se
abalanza sobre el hombre mayor a quien protegen a modo de parapeto dos
viandantes, pareja de hombre y mujer. La compañera del hombre joven, que a
menudo hace malabares en la céntrica calle, se calma antes que su pareja e
intenta parlamentar con el hombre negro.
De nuevo el hombre joven arremete contra el mayor hombre negro, con
insultos y graves amenazas. La gente se arremolina lejos de la discusión,
mirando con más curiosidad que preocupación. De entre el
grupo que mira de lejos sobresale una voz autoritaria, una voz con timbres de
líder que impone su voluntad:¡Vámonos,
vámonos!
El grupo, ocho, diez personas, obedece y siguen al que dio
la voz en quien reconozco a un importante miembro de la sociedad, otrora en
labores de hacer respetar la ley desde un sillón bien alto y ahora escritor de varios libros. Mi desencanto es importante, ya que esperaba una reacción más
acorde al puesto que un día le habíamos confiado . Recordé que estuve a punto
de comprar alguno de sus libros y que ahora me alegra no haberlo hecho.
La gente no sólo ha de parecer importante, también ha de
serlo.
martes, 17 de septiembre de 2013
Genio o idiota.
“La Comisión me ha
declarado oficialmente idiota. Ya soy un idiota oficial.”
Es curioso. Ahorras
en tabaco y en bebidas espirituosas para de cuando en cuando disfrutar de un
viaje, aún a sabiendas de que será cansado, estresante y abotargado.
Contemplas auténticas maravillas del arte, monumentos de duro graníto tiznado por
el tiempo y el agua, hermosos parajes, afamados y azules ríos tirando a
marrones, admiras el más hermoso parlamento del mundo, el más hermoso palacio de ópera, lugares en donde
otrora descansaron afamados escritores, barrios por donde transcurrió la
adolescencia tardía de éste o aquel genio, museos, torres, castillos,
catedrales en donde coronaron a invencibles emperadores, puentes que acogieron
a ángeles en busca de cuerpos despeñados
y te sorprendes con la más bella cafetería del mundo, te llenas, en fin,
de imágenes que más tarde danzarán en tu
consciente sin orden, aleatoriamente, sin concierto, confundiendo los
puentes en donde despeñaron a
invencibles emperadores con catedrales en donde los ángeles salen al encuentro
de almas coronadas o confundes azules
ríos anchurosos con marrones pantanos,
en un desorden exquisito.
Pero siempre hay algo en particular que permanece en tu
consciente, como un premio inesperado, como un extra impagable que no esperabas
admirar.
Fue en una callejuela, en medio de un afamado Balneario
donde se encontraba la sencilla estatua de un hombre sencillo, de un personaje entre
la genialidad y la más absoluta idiotez. Un personaje arrastrado a su pesar a
la guerra que intenta evitar con actos
que le impelen inevitablemente a ella. Una estatua que me alegró la mañana y
que tiñó el viaje de un color especial por lo inesperado; era el soldado Svejk. El buen soldado Svejk.
Si yo fuese escritor, es el libro que me hubiera gustado
escribir. El buen soldado Svejk es la antítesis de la gallardía, de la presunción.
Es un hombre humilde que abochorna con la sencillez de sus razonamientos. Un
filósofo de lo cotidiano, un imbécil genial.
El libro está escrito por el periodista y soldado Jaroslav
Hasek y es un puro sarcasmo, una letanía de situaciones
cómicas, con el trasfondo del horror de la guerra y un interminable viaje
hacia lo absurdo.
La muerte de Hasek impidió al buen soldado Svejk entrar en
combate y a mí me da el pálpito que el escritor demoró su obra ( escribió tres
libros antes de fallecer, cuando su intención era contar “las maravillosas
aventuras del buen soldado Svejk en la Guerra Mundial” en cuatro) hasta
encontrar la muerte para evitar el disgusto al buen soldado.
“ La comisón me ha declarado oficialmente idiota, ya soy un
idiota oficial” (Svejk)
En Orense a tantos de tantos.
lunes, 9 de septiembre de 2013
El abuelo juega a tenis.
Chinin
Hoy lo he visto en la contraportada de “La Voz de Galicia” y
me he acordado de él. A buen seguro que de mí no tendrá el más mínimo recuerdo,
a pesar de los 40 minutos que pasamos encerrados juntos.
Habría que remontarse
al menos veinte años atrás, en mi mejor momento de forma, pletórico de juventud
y ganas. Él rondaría los sesenta años y parecía un deportista al final de sus
días. Defendía al Mercantil de Vigo,
creo recordar, mientras yo defendía al club que fue de mis amores, el único al
que defendí en mi corta vida de competición, pasada aquella aventura efímera
del Club Cuatro Vientos de Monforte. El nombre le venía por el descampado en
donde se hallaban ubicadas las pistas.
Párate un momento, probo lector, para que pueda yo
descabalgarte de lo que pudiera ser una idea equivocada. Si yo en el tenis fuera vino, sería un vino
de cartón. Hay Grandes reservas, hay Reservas, hay crianzas, hay vinos jóvenes
de diversas y afamadas Denominaciones de Origen, hay vinos menores de afamadas
denominaciones de origen, hay vinos de mesa y finalmente están los vinos de
cartón. Es ahí a donde quería yo hacerte llegar, antes de que me coloques más
arriba en el escalofón y ambos nos decepcionemos. Aún así, cuando uno defiende
al club de sus amores, intenta comportarse como si de Nadal se tratase. La
víspera encuerda la raqueta, comprueba la tensión, compone la empuñadora,
coloca los antivibradores y se duerme soñando que al día siguiente saca de la
pista al adversario a raquetazos.
Pero ciñámonos a los hechos. Al ver hoy la contraportada de La Voz de Galicia me vino
a la memoria aquel partido. Ya te lo dije, yo defendía al club que fue de mis
amores. Había yo avisado a mis amigos para que al día siguiente viniesen a
verme, ya que contaba con una victoria fácil. Y alguno se presentó. En concreto
Mariano, con quién de cuando en cuando cruzaba unas bolas. Se dejaba enseñar y me tenía en gran
consideración. Hasta ese día, supongo.
Fue tal la paliza que Chinín me propinó, fue tan grande la vergüenza que me
hizo pasar que bien hiciera yo en romper allí mismo la raqueta bajo promesa de
no volver a tocarla. Aquel hombre era
inhumano, incansable, se movía como una apisonadora, pero llegaba siempre y siempre te
devolvía un problema con cada bola. Y siempre limpiando de tierra las líneas de la pista. A los tres juegos estaba yo pidiendo agua,
mientras él , de pie, esperándome, se fumaba un pitillo.
Recuerdo perfectamente como al salir me estaba esperando
Pepín, varios años campeón gallego rezando por lo bajo: no te preocupes, chaval, que a mí también me ha ganado. Mariano me insuflaba ánimos recordándome la diferencia de técnica entre uno y otro. Quería yo suponer que a mi favor. Pero ya no sentía más que un silbido en mis oídos y no veía más que la punta de mis zapatillas J¨hayber.
Chinín, cuando sea mayor quiero ser como tú.
En Orense a tantos de tantos después de tantos años.
miércoles, 31 de julio de 2013
Pepiño (Y uno)
(Lamento que no podáis perdonarme la ausencia, pero he estado absolutamente absorbido)
Pepiño Blanco, segundas partes (Y Uno)
Qué cruel el mundo en que vivimos,
Te ha juzgado culpable de antemano
No te exculpa, y te exime de cariños
Aunque trates a un amigo como hermano.
¿Qué pecado cometiste tú Pepiño,
Qué delito, qué cohecho, qué carallo,
Si cumpliste a rajatabla con tu oficio
De avanzar lo que estaba retrasado?
Empujaste con ahinco la obra nueva
Qué más da que de un amigo se tratara
Si cumpliste tu deber como debieras
Solventando aquella nave inacabada.
Hombres ágiles de fuertes convicciones
Necesita nuestra España descastada
A la vez que impenitentes narigones
Que sepan imponerse a la manada.
(Insolventes maquiavelos) de la nada
Han dudado de tus actos impolutos
Unos cuantos de nosotros a lo bruto
Defendimos con prudencia tu coartada.
Mas ya sabes noble habitante de Palas
Que la vida es traidora por costumbre
Y tus mismos compañeros de algarada
Esquivaban chamuscarse en la lumbre.
Héme aquí, presente y macho viejo
Propietario insolvente de la nada
Defendiendo aún a costa del pellejo
Tu inocencia, rectitud y blablablaba-
(Y qué suerte has tenido condenado
Qué destreza, qué control, qué acierto pleno
que supiste encontrar sin verte reo
La manera de ayudar al ayudado.)
lunes, 1 de julio de 2013
El Mantel.
(De cómo los viajantes
estuvieron en un tris de dejar la vida a manos de un siciliano)
Con lo que ahorramos en tabaco y
en bebidas espirituosas, cada cinco años realizamos un viaje al exterior, si el
tiempo lo permite. Siempre que Europa sea considerada exterior. Que sobre eso hay literatura diversa y
recientes opiniones encontradas.
Llenas las tres maletas de ropa
que nunca íbamos a utilizar, nos dispusimos a zarpar del puerto de Barcelona
para pasar unos días mar adentro. El capricho del capitán y un itinerario más
que trillado nos depositó en la Isla de Sicilia, concretamente en Taormina.
Bella Isla, llena de historia, de
encanto y de mar. Dice la Wilkipedia que un balcón sobre el mar. Y enfrente el
volcán Etna, que ese día arrojaba unos hilillos de humo a la atmósfera,
presagio de futuras llamaradas.
Después de visitar el magnífico
anfiteatro romano, desde cuyas gradas se divisa con nitidez, en la lejanía, la
figura del volcán, nuestros pasos, como siempre que hay viajes, fueron a dar a
la calle de las compras. Multitud de
objetos, como en cada lugar que se visita nos acosaban por entre las estrechas
callejuelas. Gozan de fama en Taormina los bordados de telas y manteles que por
cientos se exponían en los telderetes y tiendas, como horcas claudinas que por
fuerza has de observar. Hizo su efecto el imán y la mujer entró decidida a una
de las numerosas tiendas.
-
Bon iorno, nos recibió con toda amabilidad el siciliano,
con una sonrisa que llegaba al anfiteatro.
La señora comenzó a repasar los
manteles, preguntando precios, calidades y otras cosas que se me escapaban.
Media hora después habían llegado a un acuerdo, mientras yo deambulaba por
entre las estrechas paredes de la tienda.
Al momento de pagar, saqué la
cartera y me dispuse hacerlo. Y ahí empezaron los problemas.
-
Faltan las “servilletti” , explicó mi señora.
-
Non servilleti, repitió el italiano intentando
adaptarse a su lenguaje.
-
Cómo que no servilleti. Doce servilleti.
-
Trato
e sine servilleti. Il tratto é il tratto.
-
Sin servilleti, no hay trato, se plantó mi mujer con
toda la calma.
-
Signora, il tratto e feto!
- Sin servilleti, el trato e desfeto.
- Ma signora, cosa dice..!
El siciliano a
cada minuto gesticulaba más y su tono se incrementaba por momentos.
- Il trato e
de treinta e tres millone de lire. Ma sine “servilleti”.
- Sine
servilleti, non e trato, apostilló mi señora con aplomo y aprendiendo más
italiano por momentos. Al aplomo de mi señora, correspondía el italiano con más
gestos, más gritos. Me mantuve en mi rincón sin pestañear, intentando no tomar
partido, mientras de reojo intentaba localizar el rincón en donde el siciliano
escondía la recortada.
Lo veía fuera de sí, enojado o pretendiendo parecerlo. Los acontecimientos
podían precipitarse, cuando mi señora se dio la vuelta y se dispuso a irse, rompiendo el trato. Romper un trato con un siciliano! Bemoles! Me acordé del
Padrino, del caballo, de la cabeza y de los guardias de Corleone con sus
escopetas de dos tiros y en pocos segundos imaginé al capitán del barco deslizándonos a mi señora y a mí por babor
envueltos en una sábana para ser pasto de tiburones o de lubinas o de lo que
fuera que se pescara en ese mar, verde y transparente. De la trastienda salió
una oronda italiana con un machete de cortar carne preguntando, dirigiéndose al
hombre;
-
Cosa?
-
Niente, la spagñola….
El italiano gesticulando y
elevando el tono de voz hasta lo imposible, le explico a quien parecía ser su donna, la situación, incendiándose progresivamente, de modo que temía yo más a su
explosión que al amenazante humo del Etna.
Y se produjo un hecho que cambió
por completo la difícil situación. La mujer interrumpió al marido y depositando
el machete de un golpe en una tabla que alli había se dirigió a él, elevando aún
más la voz. El siciliano, que no debía ser del mismo Sicilia, fue perdiendo
fuerza hasta disminuirse por completo, bajar la cabeza y mirarnos con cierta
vergüenza a medida que la mujer le hablaba muy cerca de su cara, señalando ora
el mantel, ora las servilletas.
Del poco italiano que aprendí esa
mañana, hago una traducción aproximada de lo que la mujer debía estar diciendo:
-
No ves, tonto
del culo, que la española no te va a comprar el mantel, nos va a espantar a los
clientes y en el resto de la mañana no venderás un carrete de hilo? Dale las
doce servilletas y que se vaya con viento fresco. ¿Acaso no le has vendido como
hecho a mano un mantel hecho a mano con la máquina? No seas memo y dale ahora
mismo las servilletas.
Eso debió ser más o menos, ya que
el siciliano, tomó las doce servilletas y las depositó encima del mantel. Le
dije a mi mujer por lo bajo, por dios, toma el mantel y las servilleti y
vayámonos con viento fresco. Y así lo hicimos, pagamos, nos fuimos y
continuamos nuestro recorrido por la bella Taormina; eso sí, hube de sentarme
un rato a tomar un expreso, a fin de tranquilizarme. Uno se tranquiliza con café.
Algo insinuó mi mujer a cerca de
mi capacidad para un rescate si el barco se hundía, pero sutilmente le indiqué
que tal vez iría más servida con el siciliano. Era bastante más
condescendiente. Y nos reímos. Creo recordar.
Recuerdos de juventud, en Orense
a tantos de tantos.
jueves, 20 de junio de 2013
El Gesto.
Siempre tuve para mí y así lo he
manifestado a veces, que es un gesto excesivo, rozando lo chulesco. Un gesto un
tanto trasnochado, en la línea de lo snob. Todos, incluso yo mismo alguna vez,
lo hemos practicado. Y me la juego. Pero no por ello deja de ser un tanto
exagerado, lleno de vanidad, algo afrancesado y grácil. Un gesto de playa, un
gesto sobrado, un gesto novelesco, de aquellas novelas románticas de Corín
Tellado, en donde el chico recién duchado se acercaba con la sonrisa nacarada a
flor de piel, a la chica. Y la chica, vencida por la falsa personalidad que
aquel gesto le confería, apoyaba su bella testud en el pecho de él. Es un gesto almibarado, innecesario a mi
parecer. Es un gesto que abunda entre la gente más guapa, intentando acrecentar
las diferencias. Es un gesto pijo, para qué nos vamos a engañar. Es un gesto
impotente. Un gesto que quiere ser y no puede. Es un gesto esforzado, en la
desgana. Es un gesto desganado de alguien con ganas. Es un gesto esmerilado
antes que esmerado. Es un gesto que taparía a un escuerzo y apenas cubriría a
un orondo. Es un gesto de tardes de verano, que se soluciona con una
chaquetilla.
El jersey por los hombros. Ese gesto.
miércoles, 12 de junio de 2013
Exhibición .
Se llama Q. Diminutivo de E. Y no tiene 31 años como erróneamente le había calculado, sino 25. Su gesto adusto y su seriedad en la presentación me habían despistado por completo. No se tomó a mal el consejo con que tan gratuitamente le obsequié el día anterior, antes al contrario nos citamos para fechas posteriores y ayer mismo hemos estado despachando a gusto contra la pelota amarilla que iba y venía a impulsos no siempre certeros de nuestras raquetas.
El club que fuera de mis amores es una inmensa mole de cemento, con esbeltas columnas del mismo material que alberga nueve pistas cubiertas y tres al aire libre. De las cubiertas, seis son de tierra roja y tres de ellas han sido inutilizadas para dar cabida al capricho del Sr. Aznar, ese deporte descafeinado e insulso que llaman pádel. Pero ha de haber gustos para todos, así como hay pensamientos progres y pensamientos liberales y todos han de ser respetables mientras no vayan en contra de las leyes vigentes.
Q es un universitario en el último año de carrera y bien podría ser hijo mío, por edad. Como todos los chicos de su generación, a diferencia de la nuestra, no se ha criado en la calle, jugando al marro, al truque, a la comba, a perseguir a las niñas y a policías y ladrones. Le falta pues la habilidad adquirida en la infancia, de la pillería y el movimiento de pies, indispensables para éste deporte. Pero por lo demás, domina perfectamente la suerte del drive y del revés, como se espera de un monitor. Y es un tipo serio y reservado, nada fachendoso. Pido a dios que Q no tenga un blog para reseñar mis numerosos defectos!
Henos aquí en la pista número tres, la de mejor visibilidad, calentando los músculos. Los míos, protegidos por una fuerte capa de grasa, han de calentarse enseguida. La intensidad de los golpes va creciendo y resuenan en la gruta del club como tiros de escopeta. Hay unas escaleras que hacen de grada y la gente que baja para el gimnasio se queda mirando atraída por el ritmo del golpeo. Después de diez minutos compruebo que cada vez es mayor el número de personas que se queda observando como la bola va de un lado a otro de la pista con la cadencia necesaria para hacerse agradable a la vista. Incluso oigo murmullos de admiración y comentarios halagadores: !qué bien se mueve!. vaya! Bien! Todo ello hace que me esmere y apure mi esfuerzo hasta límites peligrosos. Como los toreros que abandonan al morlaco displicentemente con un golpecillo en el morro, así yo ceso en el golpeo, me acerco a la bolsa y extraigo la botella de agua para beber en una pausa para conseguir mayor interés.

Y es entonces, al llevar la botella a la boca, cuando me fijo en la ventana y se marchitan súbitamente mis ilusiones. No eran para nosotros los halagos sino para la monitora de spinnig que montada en su bicicleta mostraba en todo su poderío esa parte de su anatomía en donde de pequeña recibía los azotes.
De nuevo, todo mi gozo en un pozo.
En Orense a tantos de tantos, ayer martes.
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