El pianista del Gran Hotel no tiene pelo. Su reluciente
testa sobresale por encima del teclado, inclinándose suavemente al ritmo de la
música. Sus dedos acarician melodiosamente
las teclas paseándose entre ellas
sin apenas esfuerzo llenando el
salón de hermosas melodías. El pianista del Gran Hotel apenas levanta la vista.
Agradece al rígido camarero el vaso de agua con un gesto leve y prosigue su
peregrinación de canciones que permite viajar a los escasos clientes desde la
comodidad de sus butacas hasta New
Orleans pasando por el cálido brasil en un perfecto ensamblaje de sould y
samba. El hombre y la mujer de la mesa de enfrente
del pianista alaban la justicia de la música
que suena idéntica para millonarios que
para labradores. Y se imaginan en aquel magno salón, medio vacío ahora, a la clase más
favorecida de los años 20 con sus adustos gestos, sus estirados bigotes y sus
pipas humeantes, sus mujeres engalanadas debajo de sus amplios sobreros, las
faldas rozando las alfombras arábigas y el pianista desgranando idénticas
melodías. Imaginan al Marqués de Riestra, el hombre más rico de Galicia por
entonces y uno de los más influyentes políticos de España, ignorando la brillantez de la cabeza del
pianista, dos veces brillante, para emprender sus negocios y atar voluntades al
capital de sus muchas empresas y actos políticos. El Marqués de Riestra allá en
una esquina habla con solemnidad a un grupo de terratenientes que embelesados
asienten y el hombre desde el asiento de enfrente del pianista observa cómo
varios de los hombres extraen su estilográfica y rubrican en un folio su
asentimiento.
El pianista ahora entona de viva voz una canción “Monna
Lisa” y el hombre de enfrente se dedica a la tarea de adivinar la procedencia
geográfica del pianista. Por su virtuosismo había intuido que perteneciese a
una ciudad del Este de Europa, aunque su físico, de tez sonrosada y rostro
redondeado, no lo sugiriese.
De pronto, al notar el arrastre de la “l”, y la nasalidad
prolongada de la “n” de Monna, descubrió sin lugar a dudas su procedencia de
todo punto impensada. El pianista era portugués con toda seguridad, como Mourinho. De nuevo su voz sonó cálida en el Gran salón,
certificando las impresiones de la pareja de enfrente que después de pagar su cuenta, se
levantó de la mesa con sigilo en busca del descanso en otro hotel más
alejado.
Orense a tantos de tantos.




