“La Comisión me ha
declarado oficialmente idiota. Ya soy un idiota oficial.”
Es curioso. Ahorras
en tabaco y en bebidas espirituosas para de cuando en cuando disfrutar de un
viaje, aún a sabiendas de que será cansado, estresante y abotargado.
Contemplas auténticas maravillas del arte, monumentos de duro graníto tiznado por
el tiempo y el agua, hermosos parajes, afamados y azules ríos tirando a
marrones, admiras el más hermoso parlamento del mundo, el más hermoso palacio de ópera, lugares en donde
otrora descansaron afamados escritores, barrios por donde transcurrió la
adolescencia tardía de éste o aquel genio, museos, torres, castillos,
catedrales en donde coronaron a invencibles emperadores, puentes que acogieron
a ángeles en busca de cuerpos despeñados
y te sorprendes con la más bella cafetería del mundo, te llenas, en fin,
de imágenes que más tarde danzarán en tu
consciente sin orden, aleatoriamente, sin concierto, confundiendo los
puentes en donde despeñaron a
invencibles emperadores con catedrales en donde los ángeles salen al encuentro
de almas coronadas o confundes azules
ríos anchurosos con marrones pantanos,
en un desorden exquisito.
Pero siempre hay algo en particular que permanece en tu
consciente, como un premio inesperado, como un extra impagable que no esperabas
admirar.
Fue en una callejuela, en medio de un afamado Balneario
donde se encontraba la sencilla estatua de un hombre sencillo, de un personaje entre
la genialidad y la más absoluta idiotez. Un personaje arrastrado a su pesar a
la guerra que intenta evitar con actos
que le impelen inevitablemente a ella. Una estatua que me alegró la mañana y
que tiñó el viaje de un color especial por lo inesperado; era el soldado Svejk. El buen soldado Svejk.
Si yo fuese escritor, es el libro que me hubiera gustado
escribir. El buen soldado Svejk es la antítesis de la gallardía, de la presunción.
Es un hombre humilde que abochorna con la sencillez de sus razonamientos. Un
filósofo de lo cotidiano, un imbécil genial.
El libro está escrito por el periodista y soldado Jaroslav
Hasek y es un puro sarcasmo, una letanía de situaciones
cómicas, con el trasfondo del horror de la guerra y un interminable viaje
hacia lo absurdo.
La muerte de Hasek impidió al buen soldado Svejk entrar en
combate y a mí me da el pálpito que el escritor demoró su obra ( escribió tres
libros antes de fallecer, cuando su intención era contar “las maravillosas
aventuras del buen soldado Svejk en la Guerra Mundial” en cuatro) hasta
encontrar la muerte para evitar el disgusto al buen soldado.
“ La comisón me ha declarado oficialmente idiota, ya soy un
idiota oficial” (Svejk)
En Orense a tantos de tantos.





