martes, 7 de febrero de 2017

TIMEO DANAOS.

                                 





                               TIMEO DANAOS  ET  DONA FERENTES

Sonó el teléfono  en  el momento en que  estaba a punto de asar un chuletón y tuve un mal presentimiento.
 Conocí al instante la voz del otro lado. Todos tenemos, supongo, una sombra que no nos abandona, yo tengo dos; la mía y la suya, alargada y siseante.
-           Buenos días, Señó Sesa, le hablan desde Colombia.
Era  un profesor  de deporte  de mis hijos de sus años mozos  en el club que fue de mis amores. Qué tal cómo estás, cuánto tiempo  y todo eso.
-          Bien, muy bien, Señó Sesa, le llamo para saludarle y para mandarle unas cositas.
-          Por su madre, no me mande nada desde Colombia, podría ser malinterpretado y  acabar en la cárcel.
-           Noooo, se rió, estoy en Barselona, ya sabe uste que mi chaval está aquí dando clases en la academia de tal y tal  y he venido a verlo y aprovecho para saludarlo a uste, ya sabe  que le estoy muy agradecido por todo y bla y bla y blá.
 Dispuse el manos libres y mientras seguía con su voz cantarina, conseguí dar  la vuelta al chuletón, elaborar una salsa de boletus,  y freír unas patatas, acabando justo en el momento en que  me pasó a su hijo al que saludé cordialmente.  Aprovechando que estaba el mío  al lado y que fueron buenos amigos, le pasé el teléfono.
Mientras  hablaban, recordé aquellos tiempos, veinte años atrás y los apuros en que el bueno del hombre  conseguía meterme sin que pudiera deshacerme de su alargada sombra.  Ya decía el poeta aquel de la antigüedad, teme a los griegos aun cuando te hagan regalos. Tenía mis motivos para temer; cada fin de semana me endilgaba al bueno de su “chico”, que no tenía culpa de nada, a los torneos a que acudían los míos.  A  menudo era preciso pernoctar en algún hotel y el chaval nunca llevaba dinero. El dinero no era el mayor problema, sino la intimidad dañada y  la sensación de atraco  de tu tiempo libre. Para evitaros la tentación de que sospechéis de un comportamiento xenófobo por mi parte, os aclaro que el hombre que está al teléfono no es ningún inmigrante al uso; tiene propiedades en Colombia y ganaba un buen sueldo en España.
 Recordé también  las veces en que sigilosamente, abandonaba  la mesa siempre momentos antes de abonar  la cuenta, las pocas veces en que viajamos juntos, con otros padres. Y  sobre todo  aquella ocasión en que vino a verme.
-          Señor Sesa, quería pedirle un favor.
-           Usted dirá.
-          Usted  sabe que el trabajo aquí está malamente, quería ir a Barselona aprovechando el Torneo del Conde de Godó y hablar allí con gente que conozco, para ver si tiene un hueco para mí.
 Me temí lo peor.  Va  a pedirme dinero para el viaje, pensé. Ida y vuelta. Y estancia. Chaval, prepara cien mil pesetas. Al menos.
-          Aprovechando el torneo, me dijo,  quería que me prestase su cámara de vídeo para grabarlo. ¿Me haría uste ese favor, Señor Sesa?
Tenía en gran aprecio mi cámara de vídeo, que me había acompañado durante años y con la que había podido documentar media vida, pero me pareció el mal menor.  Y se la presté. Y no volvió. La cámara. El sí volvió y me pidió disculpas por habérsela dejado robar  en el tren. Nunca hice mucho caso a las malas lenguas que apuntaban a que la había vendido para pagar los billetes.
O aquella otra vez en que me llamó desde Barcelona, en donde estaba pasando las vacaciones para decirme que había enviado en el tren al “chico” y si podía hacer el favor de acogerlo unos días en mi casa que pronto iría a buscarlo. Era Agosto y las vacaciones programadas; pasó una semana y nadie apareció a buscar al “chico”. Lo llamé. - Perdóneme señor Sesa, he tenido algunos conflictos por acá y no he podido bajar; usted podría tenerlo ahí una semanita? – Pero hombre de dios, salimos de vacaciones en tres días. No podemos llevarlo con nosotros, tiene usted que venir a buscarlo.- No se preocupe, pues, señor Sesa, le mandaré a alguien que lo recoja. Finalmente alguien vino, seguramente para acogerlo también ocho días más en su casa de él y pudimos seguir con nuestra vida.
Me extrañó que mi hijo colgara sin que el buen hombre me hubiera pedido algo, pero seguí con la cocina hasta que cinco segundos  más tarde volvió a sonar el móvil.
-          Señor Sesa, quería decirle que acabo de enviarle unas cositas. Además le envío unas patatas de Colombia, extraordinarias, de un sabor muy rico y de un gran rendimiento .
-          A ver, a ver, buen hombre, le interrumpí, ¿para qué quiero yo las patatas?
-          Es para que las plante, señor Sesa, compruebe si se dan bien y si tiene algún amigo o cliente que se dedique a ello, podemos enviarle más.
No me lo podía creer. O sí. Me estaba proponiendo que le buscase salida a sus patatas de Colombia. De la manera más chapucera.
-           Señor G, si ya ha mandado el paquete lo recibiré, se las entregaré a mi suegra que las plante, pero no tengo tiempo ni puedo andar buscando nuevos negocios, de verdad que lo siento. Si no las ha enviado, no las envíe.
-          Entiendo, señor Sesa, no quiero que le sirva de molestia. El paquete ya ha salido con media docena de patatas, ya me dirá usted algo.
El chuletón despedía aromas a pimienta y a romero en rama. El punto adecuado, jugoso, terso y encarnado, como seguramente estaban mis mejillas encendidas de nuevo por la sombra del griego que te hace regalos.

Y ahí tenéis, un cuarto kilo de café y ocho patatas colombianas. Esto no es imaginación, la realidad es mucho más fértil.



En Orense a tantos de tantos.
 

 

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