jueves, 16 de marzo de 2017

El viaje.


  1. En cuanto el comandante Julián del Águila tomó el micrófono para saludar al pasaje, comprendí que nada malo podría ocurrir en aquel vuelo.
  2.  El día era claro y no se esperaban tormentas. En breve sobrevolaríamos tierras de varias regiones de Europa, para aterrizar, en dos horas y media, en el aeropuerto de München.  La voz del comandante sonaba segura y tranquila.
  3. El avión venció la inercia y en un leve balanceo  se dispuso a alinearse en la pista esperando la orden de salida.
  4. La cara de satisfacción del pasajero del 24 E mudó al instante en cuanto el aparato comenzó a moverse con un ruido preocupante de latas en la puerta más cercana a la cabina. Cesó en su movimiento mientras los pasajeros se miraban unos otros buscando seguridad en sus vecinos. Tres minutos más tarde, unos golpes de martillo en la zona de dónde provenía el ruido no contribuyó a calmar los ánimos; los más optimistas emitían chascarrillos y risas, tal vez para ahogar su preocupación.  El pasajero del 24 E tomó el manual E-30 de “instrucciones para caso de accidente” demostrando la inutilidad de los aspavientos de la azafata señalando las puertas de salida, minutos antes. El silencio del interior del aparato se convirtió en un murmullo de preocupación cuando a causa de los martillazos, o tal vez por una de esas casualidades impropias de la casualidad, una portezuela donde se guardaban los equipajes se abrió arrastrando un jersey negro cuya manga negra quedó colgando como un crespón intimidatorio. La pasajera del 24F buscó algo en su bolso y extrajo un rosario, negro, que no ayudó a tranquilizar a su vecino de asiento.
  5. Una voz ronca, sonó al fondo del interior del aparato: “que nadie se preocupe, aún no estamos en el aire y no tenemos por qué estar. Nos levantamos y salimos.”  Un murmullo de aprobación recorrió el interior y alguno de los más decididos se levantaron de sus asientos con la intención  de recoger sus equipajes de mano. Una azafata salió a la carrera hacia la cabina. La  voz modulada del comandante del Águila, sonó de nuevo segura:  Señores  pasajeros, les habla el comandante. Les ruego ocupen sus asientos, nuestras azafatas les servirán un refrigerio por gentileza de la compañía en tanto nuestros técnicos revisan el aparato. En cuanto disponga de más noticias, les serán comunicadas a la mayor brevedad.” Repitió el mensaje en varios idiomas más y todos advirtieron la cara de alivio de la alemana del asiento 16E.
  6. Los ánimos se calmaron ligeramente y los pasajeros que se habían levantado volvieron a sus asientos mirando con preocupación por la ventanilla del ala de donde provenían los ruidos.
  7. Abajo dos operarios maniobraban con una escalera móvil que estaban retirando en ese instante. El gracioso del asiento 26 A buscó en su móvil música y en el silencio del momento se pasearon de proa a popa  las notas del  réquiem de Mozart que nadie identificó, afortunadamente.
  8. Eso, eso, un poco de música para animarnos, se atrevió el pasajero del 15B.
  9. -          No seás pelotudo, quitá eso, se oyó la voz cantarina del pasajero del sombrero y acento argentino.
  10. -          Aún no estamos muertos, boludo, terció.
  11. El gracioso del 26A bajó el volumen, mientras la azafata retiraba la manga negra que balanceaba en lo alto cerrando  la portezuela con un movimiento enérgico. El capitán del Águila tomó de nuevo la palabra para intentar tranquilizar..
  12. -          Señores pasajeros, les habla de nuevo el comandante; nuestros operarios han detectado el fallo y lo han solucionado en tiempo record. Ocupen sus asientos, abróchense los cinturones, en breves momentos iniciaremos el despegue.
  13. Los pasajeros se miraron unos a otros dudando de la palabra del comandante. Malditos tiempos estos en que ninguna palabra te da tranquilidad.
  14. Entre las gracietas del pasajero del 26A , el vuelo AEFB325 tomó altura suavemente mientras se oían nítidos los rezos de la pasajera del 24F, pidiendo a dios que no la dejase morir sin haber conocido a su nieto. La azafata, atenta, le preguntó la edad del niño. Ella respondió que su hijo aún no se había casado, pero el Señor sería generoso.
  15. Dos horas más tarde, el vuelo tendría que aterrizar en Munchen.  La preocupación de los viajeros oscilaba entre el aterrizaje y la recogida de las maletas.
  16. Pero esa ya es otra historia.
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martes, 7 de febrero de 2017

TIMEO DANAOS.

                                 





                               TIMEO DANAOS  ET  DONA FERENTES

Sonó el teléfono  en  el momento en que  estaba a punto de asar un chuletón y tuve un mal presentimiento.
 Conocí al instante la voz del otro lado. Todos tenemos, supongo, una sombra que no nos abandona, yo tengo dos; la mía y la suya, alargada y siseante.
-           Buenos días, Señó Sesa, le hablan desde Colombia.
Era  un profesor  de deporte  de mis hijos de sus años mozos  en el club que fue de mis amores. Qué tal cómo estás, cuánto tiempo  y todo eso.
-          Bien, muy bien, Señó Sesa, le llamo para saludarle y para mandarle unas cositas.
-          Por su madre, no me mande nada desde Colombia, podría ser malinterpretado y  acabar en la cárcel.
-           Noooo, se rió, estoy en Barselona, ya sabe uste que mi chaval está aquí dando clases en la academia de tal y tal  y he venido a verlo y aprovecho para saludarlo a uste, ya sabe  que le estoy muy agradecido por todo y bla y bla y blá.
 Dispuse el manos libres y mientras seguía con su voz cantarina, conseguí dar  la vuelta al chuletón, elaborar una salsa de boletus,  y freír unas patatas, acabando justo en el momento en que  me pasó a su hijo al que saludé cordialmente.  Aprovechando que estaba el mío  al lado y que fueron buenos amigos, le pasé el teléfono.
Mientras  hablaban, recordé aquellos tiempos, veinte años atrás y los apuros en que el bueno del hombre  conseguía meterme sin que pudiera deshacerme de su alargada sombra.  Ya decía el poeta aquel de la antigüedad, teme a los griegos aun cuando te hagan regalos. Tenía mis motivos para temer; cada fin de semana me endilgaba al bueno de su “chico”, que no tenía culpa de nada, a los torneos a que acudían los míos.  A  menudo era preciso pernoctar en algún hotel y el chaval nunca llevaba dinero. El dinero no era el mayor problema, sino la intimidad dañada y  la sensación de atraco  de tu tiempo libre. Para evitaros la tentación de que sospechéis de un comportamiento xenófobo por mi parte, os aclaro que el hombre que está al teléfono no es ningún inmigrante al uso; tiene propiedades en Colombia y ganaba un buen sueldo en España.
 Recordé también  las veces en que sigilosamente, abandonaba  la mesa siempre momentos antes de abonar  la cuenta, las pocas veces en que viajamos juntos, con otros padres. Y  sobre todo  aquella ocasión en que vino a verme.
-          Señor Sesa, quería pedirle un favor.
-           Usted dirá.
-          Usted  sabe que el trabajo aquí está malamente, quería ir a Barselona aprovechando el Torneo del Conde de Godó y hablar allí con gente que conozco, para ver si tiene un hueco para mí.
 Me temí lo peor.  Va  a pedirme dinero para el viaje, pensé. Ida y vuelta. Y estancia. Chaval, prepara cien mil pesetas. Al menos.
-          Aprovechando el torneo, me dijo,  quería que me prestase su cámara de vídeo para grabarlo. ¿Me haría uste ese favor, Señor Sesa?
Tenía en gran aprecio mi cámara de vídeo, que me había acompañado durante años y con la que había podido documentar media vida, pero me pareció el mal menor.  Y se la presté. Y no volvió. La cámara. El sí volvió y me pidió disculpas por habérsela dejado robar  en el tren. Nunca hice mucho caso a las malas lenguas que apuntaban a que la había vendido para pagar los billetes.
O aquella otra vez en que me llamó desde Barcelona, en donde estaba pasando las vacaciones para decirme que había enviado en el tren al “chico” y si podía hacer el favor de acogerlo unos días en mi casa que pronto iría a buscarlo. Era Agosto y las vacaciones programadas; pasó una semana y nadie apareció a buscar al “chico”. Lo llamé. - Perdóneme señor Sesa, he tenido algunos conflictos por acá y no he podido bajar; usted podría tenerlo ahí una semanita? – Pero hombre de dios, salimos de vacaciones en tres días. No podemos llevarlo con nosotros, tiene usted que venir a buscarlo.- No se preocupe, pues, señor Sesa, le mandaré a alguien que lo recoja. Finalmente alguien vino, seguramente para acogerlo también ocho días más en su casa de él y pudimos seguir con nuestra vida.
Me extrañó que mi hijo colgara sin que el buen hombre me hubiera pedido algo, pero seguí con la cocina hasta que cinco segundos  más tarde volvió a sonar el móvil.
-          Señor Sesa, quería decirle que acabo de enviarle unas cositas. Además le envío unas patatas de Colombia, extraordinarias, de un sabor muy rico y de un gran rendimiento .
-          A ver, a ver, buen hombre, le interrumpí, ¿para qué quiero yo las patatas?
-          Es para que las plante, señor Sesa, compruebe si se dan bien y si tiene algún amigo o cliente que se dedique a ello, podemos enviarle más.
No me lo podía creer. O sí. Me estaba proponiendo que le buscase salida a sus patatas de Colombia. De la manera más chapucera.
-           Señor G, si ya ha mandado el paquete lo recibiré, se las entregaré a mi suegra que las plante, pero no tengo tiempo ni puedo andar buscando nuevos negocios, de verdad que lo siento. Si no las ha enviado, no las envíe.
-          Entiendo, señor Sesa, no quiero que le sirva de molestia. El paquete ya ha salido con media docena de patatas, ya me dirá usted algo.
El chuletón despedía aromas a pimienta y a romero en rama. El punto adecuado, jugoso, terso y encarnado, como seguramente estaban mis mejillas encendidas de nuevo por la sombra del griego que te hace regalos.

Y ahí tenéis, un cuarto kilo de café y ocho patatas colombianas. Esto no es imaginación, la realidad es mucho más fértil.



En Orense a tantos de tantos.