lunes, 17 de octubre de 2016

El ánima Peregrina

                                                     



 “Presa quedó mi ánima de los misterios del Camino.”

Non quiero atribularos en exceso con el trágico acontecer de mi pasamiento a la otra vida; ocurrió y nada me ha de devolver al mundo de los vivos. Y he de alegrarme dello, ya que ningún suceder en él placer me ha proporcionado, descontados aquellos encuentros con la criada del amo, en donde yo también servía, espaciados y breves, cual coito de león. Pasaré pues sobre mi finamiento como tormenta de verano, que más ruge que humedece;  con todo, habedes saber que, de non tener sido tan trágico el momento, cómico sería.
Estaba yo esa noche algo rijoso, deseoso de hembra y ayuntamiento, cuando en la cuadra de la yegua llamada “Pacífica”, luces veo que por el olor parecen velas; las que usaba en la penumbra la jacarandosa criada. Barruntando en ello modo de sacar provecho, allá me dirijo palpando las paredes para huir del barro y la bosta de las vacas. La luz tintinea en el interior de la cuadra y doy en pensar que está sujeta por mano de Aldonza. Traspaso la puerta que se halla abierta, las manos por delante, cual ciego, por palpar cualquier obstáculo que diera en presentarse; y topé con sus nalgas. Más duras las noté que de costumbre y con más bello, como ásperas; y ya no sentí más que aquella coz que me lanzó contra la pared dando con mi cráneo en perpiaño, hundiéndome el bulbo raquídeo. Nunca me lo hubiera imaginado de la mula. Bien sabe Dios que ningún deseo libidinoso por ella albergaba; mas fecho está y allí quedé tendido. Al punto noté una luz que se acercaba y  alejaba de los mis ojos y un grito de mujer pidiendo auxilio y ya nada más sentí en esta vida.
Non habiendo fecho mérito para gozar del cielo, nin para sufrir de las penas del infierno y, en viendo que naide de mi ánima se ocupaba, decidí quedar vagando por la tierra.  De ello me congratulo pues saqué más aventuras de muerto, deambulando sin ser visto, de las que hube de vivo. Decidí al momento ameritar  el paraíso, que siempre oí fuese cosa grata de visitar una vez difunto. Y nada mejor para hacerme perdonar mis deslices de juventud que visitar al Santo Apóstol del que había oído hablar a la lumbre de la cocina a pordioseros, militares, cregos y otra gente de mal vivir, mientras viajaban al Campo de las Estrellas.
 Reinaba en Castilla la noche de mi muerte, Don Alfonso VIII, que Dios ha de tener en su gloria por haber dado matarife a miles de almohades en las Batallas de Tolosa; y en Navarra reinaba Sancho VI, El Sabio, mientras  era yo explotado por el amo por una adehala de miseria y las más de las veces por una taza de caldo acedo. De todo lo anterior, menos de mis miserias, que las viví, me he enterado en mis viajes a lo largo del Camino, oyendo fablar a las pocas gentes que en aquel tiempo por él transitaban; mayormente extranjeros, con sayos raídos, abarcas pobres y fediendo a abelmosco por haber pasado la noche entre ovejas, en el mejor de los casos.
He convivido, sin vivir, con gentes de toda condición, y en ninguno como en este  siglo en que vos relato, he conocido tales mesnadas de peregrinos, que más parece que vayan de excursión al arrollo que a besar el Santo. A muchos dellos,  la fiera mordida del rocío les atería las manos, no quedándole otra que utilizar la tibia orina que humeaba tentadora sobre la tierra helada como aliento de buey.
De todos, quien más mi atención atrajo fue un abade con quien trabé amistad, ya que captó mi presencia al acto mientras él oraba entre unas rocas. Abandonando sus rezos y plegarias, alzó la voz y dijo: “Desconozco quien eres, y el asunto  de tu penar; compañía has de darme si lo deseas, mas en silencio”.
Permaneció unos instantes en quietud, atento a los murmullos de los derredores y continuó, firme de que alguien le estaba escuchando: “Aemery soy, canciller de Papas; he atravesado varios países por venerar a San Jacques. Sufrido he penurias, he sido sometido a ilegales gabelas y portazgos en el País Vascuence, en donde sus ciudadanos no respetan las jerarquías sociales, son enemigos de la nación vecina, agresivos, impúdicos y animalizados en sus relaciones sexuales; su lengua  me infunde pavor. No así en la verde Galicia en donde abunda el pan, el vino y la sidra, sus ciudades bien pobladas y con variedad de mercancías, aunque sus habitantes sean también malos i viziosos.”

Aquel primero peregrinaje por los Santos Caminos, penetró en mí lentamente como el rocío en el musgo, de modo tal que mucho temo por la llamada para mi definitivo descanso; aunque barrunto que de mí no hagan ya memoria y obligado me vea a peregrinar por los restos. Harto costoso resultaría abandonar el rumor de los arroyos, el piar de las aves en las frescas mañanas de abril, el aullido de los lobos en procura de caza o el grato placer de andar por las límpidas aguas de riachuelos que serpentean en procura de  la mar.
                                  
Andaba yo en estas cavilaciones, cuando en la puente romana que hace de pasadera del río Bermaña, oigo el trotar  suave de una mula, a cuyo compás ondea elegantemente el cuerpo de un jinete canturreando. Al acercarse a mi altura, la mula cesó al instante en su trote, y piafando hacia donde yo en espíritu me hallaba, elevó sus cuartos delanteros dando en tierra con el cantarín caballero, que se levantó al instante sorprendido de la reacción del animal. Hablándole con suavidad y con un movimiento hábil de su mano, la arrendó a un carballo joven al tiempo que acariciaba su lomo susurrándole al oído: “Mía irmana fremosa, treides conmigo, a la iglesia de Vigo y miraremos las olas..”.
En habiéndose tranquilizado, desatola y siguió camino con el suyo canto que se me hizo ininteligible. 

Empero, claramente me llegaron las sus sosegadas palabras: “eehh, ehhh, mula…tranquila, Pacífica..”

                              

En el Camino por siempre, a tantos de tantos.




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